miércoles, 30 de septiembre de 2009

OTOÑO


Inicia su viaje entre las notas mudas
de cada adiós. Abraza
la otoñal ausencia que se gesta
en el núcleo del alma. Destila
toda la soledad y su melancolía
la nueva luz que madura en las uvas de octubre.
Se vislumbra otro tiempo. Te esperan
otras voces. Era
este refugio de amistad y añoranza
algo más que azahar,
preludio de los cítricos silvestres.
Ahora lees otros versos
con ese digno oficio que requiere el silencio,
la atención de la brisa indolente de un inhóspito ámbito.
Huye y vuelve: Migra como las aves y retorna este invierno.
Siempre habrá un sol cálido en la plaza.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Sentina del río


Un húmedo sueño de Abderramán.
La turbulenta historia de un suicida.
Las turbias aguas de la sed no saciada.
El anillo enamorado del dedo de la princesa muerta.
Un rizo dorado de Ofelia anudado en un junco.
El cuaderno de bitácora del capitán Ahab con un dibujo de Moby Dick.
Las escamas desprendidas de un ciprino dorado.
La túnica blanca semidesmadejada de Lady of Shalott.
La música desvanecida de Bill Evans.
Una pastilla de Seconal no ingerida por Andrés Caicedo
Las palabras blasfemas de un renegado.
La barca de Caronte hundida segundos antes de llegar a la orilla.
Las gotas quintaesenciadas del orgasmo de la favorita del Omeya.
Las lágrimas desaladas de un antiquísimo desamor pagano.
Una amapola ajada de la memoria de Paul Celan.
La tibia conciencia licuada de un arrepentido.
La turbidez de una traición no revelada por el libro de historia.
Los cantos rodados de los Rollings Stones.
Una moneda de plata de Judas , el vilipendiado.
El tiempo líquido de una clepsidra derramada.
La mirada delicuescente de Narciso.
Las ondas del pensamiento de Virginia Woolf.
Tus ojos profundos leyendo los versos de Pablo Neruda.
La luna en cuarto creciente tras el eclipse de septiembre.
La voz de ángel de Lhasa de Sela cantando La Marée Haute por última vez.
El séptimo despertar de Félix Francisco Casanova.




Imagen: La dama de Shalott. Óleo sobre lienzo de John William Waterhouse (1888)
(Con mi agradecimiento a Mª José Moya)

sábado, 26 de septiembre de 2009

JARCHA



Dime, ¿podrán tus aguas, río,
arrastrar mis lentas lágrimas?
¡Ay dolor que con tus besos vino!

Ansiedad que mi alma enajena,
tristeza desde la ribera.

Me desvelo por el adiós ingrato;
porque se fue mi amor río abajo,
ya siempre miro el agua sin descanso.

¿Quién tus aguas nocturnas navega,
que la pena
de mi mal no se lleva?

martes, 22 de septiembre de 2009

AUSCHWITZ


Esos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud...
que hablen más bajo...
que toquen más bajo...
¡Que se callen!...
Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante tocaba muy bien el violín...
¡Oh, el gran virtuoso!...
Pero que no pretenda ahora
con sus tercetos maravillosos
y sus endecasílabos perfectos
asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres...
Y solo.
¡Solo!
aguardando su turno
en los hornos crematorios de Auschwitz.
Dante... tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, "gran cicerone")
y aquello vuestro de la "Divina Comedia"
fue una aventura divertida
de música y turismo.
Esto es otra cosa... otra cosa...
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
Tú... no tienes imaginación,
Acuérdate que en tu "Infierno"
no hay un niño siquiera...
Y ese que ves ahí...
está solo
¡Solo! sin cicerone...
esperando que se abran las puertas de un infierno
que tú; ¡pobre florentino!,
no pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa... ¿cómo te diré?
¡Mira! Éste es un lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos
los violines del mundo.
¿Me habéis entendido poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud...
¡Hablad más bajo!
¡Tocad más bajo!... ¡Chist!...
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista
y he tocado en el infierno muchas veces...
Pero ahora, aquí...
Rompo mi violín... y me callo.




LEÓN FELIPE
(Recitado por el propio León Felipe pinchando el título)

lunes, 21 de septiembre de 2009

Viaje


Se van quedando atrás las luces del andén. Veloces arrabales de chabolas, sórdidos basureros que revelan al tren su atroz miseria. Atrás trenes varados de Explosivos Riotinto con nostalgia de puertos de interior. Vagones industriales, maniobras de obreros taciturnos de RENFE en cisternas de REPSOL y máquinas ancladas en vía muerta, esperando un enganche de PROFIL. Convulsivos vaivenes, silbidos insurgentes, consagran el lunes laboral a un ritmo ritual y recurrente –ora rebelde, otrora resignado- de perpetua cadena o condena mortal. Vagabundos nocturnos de entrevías, sin lágrimas ni historias que contar. Polizones del tiempo, furtivos al estribo de un viaje que acaba sin llegar a otra estación.
Hay estrellas de acero en los cuarteles. Hangares donde duermen sombrías fieras de fuego y de metal. Pesadillas de monstruos prestos a despertarse. El tren no silba ahora y cruza sigiloso las sombras militares. Penurias de cuartel, de frías madrugadas, tercera imaginaria hasta el próximo tren.
Por los pasillos del vagón hay un trasiego de jóvenes alegres con guitarras y sueños de raíl. Abren las ventanillas y entran luces fugaces que deslumbran y proyectan las dudas del desvelo, su inane desconcierto. Me tortura el fanal de esta estación fantasma. Me acerco al café-bar sonámbulo y funámbulo, ese vagón de extraños que rumian sus recuerdos. Leen posos del café de libido y delirio que anuncian más viajes en el Orient Exprés.


domingo, 20 de septiembre de 2009

CRONONAUTAS



En astronaves de aluminio
viajan
muertos multimillonarios
esperando
(protegidos por dimetilsulfóxido)
esperando
(triste esperanza congelada)
esperando
(suspensión criónica)
esperando
la revolución
mientras suena La Marsellesa

viernes, 18 de septiembre de 2009

¿Dónde te ocultas?



¿Dónde te ocultas?
Te podría encontrar a la sombra
de un sauce,
en las páginas del viento que leen tus labios
mientras te agita el sueño
o en la música turbia
de las aves albinas.

Te busco entre las plumas
de tu almohada vencida dulcemente
por tus grávidas sienes
o en la espuma del hueco
que dejaste en las sábanas.

Al bisel del espejo que retuvo tu imagen
le preguntan mis ojos
ciegos desde tu ausencia.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Ave María


Dios te salve
(qué más da si te llamas María)
de desgracia estás llena.
El hombre que ahora es contigo
te maldice y te humilla
como a todas las mujeres,
en el nombre del fruto de tu vientre
mancillado.

Pobre María (o como quiera que te llames),
madre sin dios;
ruega por ti misma
y huye de los desalmados maltratadores.

Ahora y en la hora
de la vida.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Las rosas sobre el mármol

Las rosas sobre el mármol
me prestan este instante
de silencio en tus ojos.
Fueron mías las palabras
que ves aquí grabadas.
Las escribí una noche
en que la nada vino
disfrazada de música.
De aquella eternidad
esto es lo que nos queda.
Pero, dime, ¿eres tú?
Percibo en las estrellas
el frío (sí, digo el frío),
el frío del verano.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Resplandores de ausencia


Está el andén vacío, la estación sola.
Pasó el último tren. Los viajeros
subieron al vagón. Queda el silencio.
Un silencio sonoro de música que huye.
La nada se extendía con una luz distinta.
Ni ángeles ni sombras ni humanos
ni recuerdos: ni Dios quiso quedarse.
Desde la catenaria descendían raros pájaros.
Eran aves eléctricas de luz artificial,
relámpagos de miedo, resplandores
de ausencia. Alguien olvidó un libro
y un paraguas de sueños. Mientras amanecía
se diluyó una estrella. Se abrió
una puerta estrecha. Se fue la soledad.
Encendieron dos velas. Buscaron una agenda.
Había un mensaje tuyo en el buzón de voz.
Era un húmedo jueves del final del invierno.



Fotografía de Alfonso C. Cobo: Estación de Sablé

sábado, 12 de septiembre de 2009

AGENDA


Quién sabe de aquel jueves si llovió
o fuimos juntos al cine de verano.
Puede que fuera tarde
de besos escondidos tras persianas
celosas celosías bajadas del crepúsculo.
Quizá el dos de septiembre recibimos la carta
que nunca contestamos y se perdió el amigo
que no obtuvo respuesta por no tener a mano
un sello de correos para franqueo ordinario.

***

Y del viernes siguiente no nos queda ni rastro.
Las huellas de sus horas se borraron del tiempo
o devinieron células de memoria inconcreta
o de olvido profundo. Sin embargo buceo
en la página en blanco de aquel día sin historia
y descubro en su fondo palabras nunca escritas,
versos, cartas, mensajes, cuadernos de ejercicios
donde aprendí a sumar minutos y segundos,
los problemas del tiempo con números complejos.

***

Tal vez fuera un buen día para hacer el amor
con la urgencia del alba o el deseo rutinario
de la siesta estival. Quizá sólo un domingo
que rimaba con cinco y nada más.

***

Cuanto más sé de todo, más ignorante soy.
cuanto más me conozco más me pregunto quién
es éste que te escribe palabra tras palabra
sin sentido posible, sin puntos cardinales,
con puntos suspensivos…



Fotografía de Alfonso C. Cobo .Calle Real (Úbeda)

viernes, 11 de septiembre de 2009

Desde esta orilla

I

Vadeo el río
y su insondable soledad anónima.
El dolor
tiene la humedad de la hiedra
y los escalofríos lunares
de su vegetal origen.
Brilla una estrella, sin embargo,
y percibo su cálida proximidad;
porque a pesar de tanta duda
ni una sola verdad me desvela el secreto de la muerte.
Rodeo este cuerpo al fin
que convive conmigo.
Me aferro a sus huesos
y crezco en su amoroso celo
con el que me complazco.
Lo proclamo en voz alta
desde el humilde orgullo que nos presta la vida:
Aunque en polvo revierta
sé que la tengo a ella
y llego a la otra orilla sin rémora de miedo.

II

Esta barca que arriba a la orilla
al amanecer;
esta barca de pescador absorto
que regresa del agua irrepetible
sin memoria de náufrago,
no puede ser la nave del olvido
de la vieja canción.

Y no obstante la brisa del alba,
el insomnio,
la soledad de tanta espera,
rememoran la música vivida,
las fotos del álbum del pasado
de color desvaído.
La ciudad olivarera, callada
en las calles de Úbeda
y el calor del verano y de tu cuerpo.

La certeza de tu ausencia, empero,
me libera del tiempo transcurrido,
mas no de la tristeza
que transporta esta barca despiadada
que ahora arriba a la orilla
del amanecer.



Fotografía de Alfonso C. Cobo

miércoles, 9 de septiembre de 2009

ASMA



Una joven maestra acercó su oído
al pecho del guerrillero
( aún latía su corazón )
y escuchó el ulular del viento
libre y triste a la vez,
como una quena en el altiplano
o el gemido aymará de un huracán andino.

( Fue así como descubrió que el guerrillero ateo
no tenía alma, sino asma)


Asma del Che:
¡Alma de América!

lunes, 7 de septiembre de 2009

Árbol de hoja caduca



Árbol de hoja caduca
el de esta vida efímera
cuya sombra imposible
no protege mis dudas.
Hojas del calendario
caídas del silencio
de una agenda sin notas
como un tiempo vacío
de imperfecto pretérito
donde nadie escribió
para no recordar
ni una cita ni un nombre
ni tan siquiera un número
para poder llamarte.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Desolación de volver


Desde una esquina en la zona de sombra en la que me he apoyado para leer el periódico miro la plaza que he recordado e imaginado tantas veces, la que está igual de arraigada en mi memoria infantil que en los mundos de ficción que he ido inventando a lo largo de mi vida, hasta el punto de que a veces ni yo mismo sé distinguir en qué medida estoy invocando un recuerdo verdadero o proyectando sobre el pasado un episodio de novela. Vista con ojos objetivos, la plaza no tiene nada o casi nada de extraordinario, salvo la torre del reloj, que forma parte de una muralla medieval. Es una plaza austera, menos andaluza que castellana, con soportales en dos lados, con edificios poco memorables que sin embargo, en conjunto, dan una modesta impresión de carácter, de lugar verdadero. En los soportales solía haber carritos en los que se vendían pipas, cacahuetes tostados, pequeños juguetes; también se vendían y se alquilaban tebeos. Había una farmacia, una tienda de lanas, un almacén de tejidos, la sede de un banco en el que trabajaba de cajero el padre de un amigo mío. Íbamos a verlo y estaba detrás de su ventanilla con barrotes dorados, y a mí me impresionaba lo blancas que eran sus manos, por contraste con las de mi padre, y la velocidad asombrosa a la que contaba los billetes.

En la zona central de la plaza se levanta sobre una base de figuras alegóricas talladas en piedra la estatua en bronce del general Saro, picoteada de agujeros de disparos. En los primeros años veinte el general Saro dirigió no sé qué campaña victoriosa en la guerra de Marruecos; en el verano de 1936 un pelotón anarquista lo fusiló en efigie, dado que ya estaba muerto. Durante años, con motivo de alguna de las muchas reformas que la plaza ha padecido, la estatua desapareció, porque algún analfabeto con cargo municipal -en la política española el analfabetismo es un mérito casi tan valorado como la desvergüenza- debió de pensar que siendo de un militar tenía que ser de un militar franquista. Me cuentan que se pensó sustituirla por una escultura más acorde con los nuevos tiempos de reglamentaria cultura andaluza, un monumento al penitente. El general Saro sobrevivió, dramático y sereno, con sus agujeros negros de disparos en la cabeza y en el pecho y su mirada hacia el sur, pero a su alrededor la plaza que desde hace mucho ya no lleva su nombre fue sometida a una de esas modernizaciones que gustan tanto a las autoridades locales: de los jardines, de los bancos, de las acacias y los aligustres sobre cuyas copas sobresalía la cabeza del general no quedó ni rastro, si bien en su lugar se pusieron unos coquetos maceteros de hierro forjado con la "U" de Úbeda artísticamente inscrita en cada uno de ellos, y se coronó todo con la boca enorme de un aparcamiento subterráneo y con la torre del ascensor correspondiente.

La primera vez que vi lo que habían hecho con esa plaza que era el corazón de mi ciudad se me puso en la garganta un nudo de congoja. Ahora vuelvo y la miro y la costumbre no mitiga el escándalo. Con la lógica peculiar de la renovación urbana, se ha considerado que en una ciudad donde hay varios meses de calores saharianos su plaza central no necesita árboles, salvo un par de naranjos escuálidos que difícilmente pueden prosperar en los inviernos mesetarios. A mediodía, desde mi esquina a la sombra, alzando los ojos del periódico, veo a la gente que se atreve a cruzar la plaza arriesgándose a un síncope, buscando a toda prisa el alivio de los soportales. Aparte de sus ventajas estéticas, el aparcamiento tiene la virtud práctica de atraer más tráfico hacia el centro de la ciudad, atascando las calles estrechas que llevan a él, algunas de las cuales están además levantadas gracias a la misma catástrofe de obras en gran medida innecesarias que azota al país entero. Algunos de los coches que hacen cola para entrar en el aparcamiento llevan las ventanillas abiertas y emiten a volumen sísmico una música de discoteca al parecer muy del agrado de los policías municipales que pastorean el tráfico.

En las noches calurosas, con los balcones abiertos, la música de los coches, los rugidos de las motos y la algarabía alcohólica del botellón animan las plazuelas y los callejones de mi barrio de San Lorenzo, que de otro modo estarían sumidas en un anticuado silencio. Iglesias y palacios se van hundiendo literalmente en el abandono mientras se tiran ríos de dinero cambiando sin ninguna necesidad antiguos pavimentos enlosados o empedrados por groseros baldosones de terrazo. Vuelvo a la hermosa plaza de Santa María y no puedo cruzar su limpia perspectiva porque está entera convertida en una zanja. Un amigo que vive en la ciudad me cuenta que los trabajadores, como no disponen de instalaciones con aseos, usan como urinario la fachada de la iglesia del Salvador.

En el curso de una generación se ha destruido para siempre lo que tardó siglos en hacerse. Lo que se está robando a quienes vengan detrás no es una memoria sentimental y un paisaje urbano que fue único, sino también una forma de disfrute de la vida y de prosperidad. Donde hubo perspectivas de huertas y de casas blancas que llamaban desde los caminos lejanos ahora hay bloques horrendos que se amontonan los unos sobre los otros para mayor beneficio de los constructores. Viajando por Europa uno descubre con envidia cómo en pueblos pequeños y en ciudades provinciales el cuidado en la preservación de lo más valioso del legado del tiempo es perfectamente compatible con el progreso tecnológico y tiene la ventaja práctica de hacer la vida más gustosa y crear una duradera riqueza: en España se empieza por arrasarlo todo. Cuanto más se alimentaban los orgullos locales y las lealtades vernáculas a lo largo de los últimos treinta años más impunemente se han destruido los paisajes. El orgullo local separado de la conciencia cívica es paletería, igual que el patriotismo sin ciudadanía es fanatismo. Se inventan pasados y se alimentan nostalgias rústicas al mismo tiempo que se impone la ignorancia y se borran las huellas del pasado verdadero, el que habría sido tan fértil para mejorar el porvenir.

Hace treinta años, en una de tantas idas y venidas, volví a mi ciudad para votar por primera vez en mi vida en unas elecciones municipales. Pensábamos que la democracia iba a traer a las ciudades un aire limpio de ilustración y racionalidad, espacios públicos rescatados del abandono y la roña franquista de los especuladores. Me paseo por Úbeda, entre zanjas y mugre, entre el deterioro de lo abandonado y la ostentación palurda de lo que no había necesidad de cambiar, me adhiero a una pared para que no me atropelle un coche con la música a todo volumen en una calle estrecha. Ya sé que en todas partes sucede lo mismo, que el gobierno de las ciudades españolas es un grosero catálogo de venalidad e incompetencia: pero sólo en ésta el escándalo político se me convierte en íntima desolación.



Antonio Muñoz Molina

EL PAÍS - Babelia, 5/09/2009

jueves, 3 de septiembre de 2009

Anacronismo


Trae la brisa el perfume de las playas del norte
y con su lluvia núbil
se ciñe a tu vestido de senos transparentes
esta tarde translúcida de invierno en su crepúsculo.
Alumbran las manzanas
con su verde doncella
la liviandad del tiempo que se filtra en tus sueños.
No todo está perdido
diosa del mar mojada
en la inhóspita playa de febrero
donde perdí tu rastro con viento a barlovento.
Yo espero que la noche me refugie en tus lienzos
detrás del aguacero .



Imagen: "En la playa". Lienzo de Concha Márquez

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Mester de espeleología


A velocidad vertiginosa
fluyen ideas,
imágenes fugaces
inasibles y prófugas.
Al abismo del sueño
se precipitan todas
sedimentando el alma
de fósiles recuerdos
en forma de palabras.
Excava en los estratos
el poeta arqueólogo,
desciende hasta la sima
armado de su pluma.
Con paciencia de clérigo
horada galerías
minando la conciencia.
Descubre nuevas grutas
abisales y ocultas
en su mester secreto
de la espeleología.

martes, 1 de septiembre de 2009

Cosas


Aristóteles nunca tomó café.
Platón nunca comió feijoada a la brasilera.
Alejandro nunca ordenó cuscús en Alejandría.
Cleopatra nunca vistió Dior.
Cesar nunca usó un Rolex de oro.
Brutus nunca disparó un revolver.
San Agustín nunca tomó lexotanil.
Carlo Magno nunca leyó a Freud.
Marco Polo nunca tomo un avión.
Lorenzo de Médicis nunca condujo un Ferrari.
Erasmo nunca simpatizó con Choucroute.
Lutero nunca hizo yoga.

Yo tampoco.



Nuno Júdice, poeta portugués (1949)