miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ensayo sobre el tedio

                                                                                                  Imagen: Quint Buchholz              


Llega el tedio. Se instala en la quietud.
Vana memoria hueca de las horas
perdidas del desvelo. Insonoras
ausencias, latidos de infinitud.

Cansado el río, del cauce su virtud
desvirtuada, ya extraña las demoras
del afluente secreto que tú añoras
seco ya de recuerdos. Senectud

del alma sola en su ancestral caverna,
sus ciervos en rupestre cacería
asaeteados por la flecha eterna.

No hay aire en la invernal monotonía
del silencio embridado en la galerna
del tiempo en su callada sinfonía.

                              ***

Miguel Cobo Rosa

martes, 6 de diciembre de 2016

Blues del tren






Cuando subas al tren para el destierro

anhela que el destino sea irreal.



Quizá te espere Luna en la estación del Norte

y ella oculte su cara para hacerte sufrir.



Saluda a los viajeros que se crucen contigo

(puede que uno de ellos sea tu gran amor).



Deseo que la noche se parezca al viaje:

fría bajo las estrellas y cálida en el bar.



Deja el coñac que fluya de la copa al cigarro,

puede que el alma cambie de estado mineral.



Era un gas venenoso de mordedura incierta

y líquido elemento que te hiciera llorar.



Si es sólido al bajarte procura que sea negro

el carbón combustible de este lánguido blues.



Pero piensa: el más puro carbono que conoces

puede ser el diamante que fue su corazón.

 ***

  
Miguel Cobo

Arreglos y música: Luis Lara.

Fotografía: Atardecer en la estación de Sablé sur Sharte.
Alfonso Carlos Cobo.

CÉFIRO



Nos adorna el paisaje.
Por ejemplo,
ella deja que el sauce le roce con sus ramas
y yo que el céfiro caliente deposite jazmín
en mi barbilla.
Estiramos los cuerpos junto al río
como si fuesen rocas decorando la tarde.
Ella contempla el agua ondulando la luz,
la luz contempla el agua ondulándola a ella.
Se aleja la ciudad desde nuestras riberas,
pero vienen abejas con su baile celeste
y caballos y vacas jugando como perros.
–Las bestias– me susurra –son caricias del agua.
El céfiro caliente se cuela entre nosotros
llevándose las ramas de sauce de su pelo
y el jazmín que perfila de blanco mi barbilla.
Observamos la luz ensortijar el río
y el río nos observa envueltos en el céfiro.
Ya no somos dos ciegos que tiemblan ante el alba,
ahora somos videntes desvelando las sombras.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Regresar en septiembre





                                               Regreso  ahora  al estudio mientras duermes

                                               en la estancia contigua y yo te escribo

                                               esta carta sin fecha,  en mi desvelo,

                                               pues sé que el sueño es cómplice y espera.



                                              Suena en la radio Darkness y amortigua

                                              los últimos ruidos  vecinales,

                                              como si el viejo Leonard no ignorara

                                              que su voz acompaña a la cisterna

                                              del cuarto izquierda y su rumor de río.



                                             Indolente la sábana te cubre

                                             e ilumina en penumbra mi deseo.

                                              La carta era impaciencia y la rubrico

                                             descubriendo otra noche entre tus brazos,

                                             mientras la luna azul entra en lo oscuro.    

                                                                                  ***


Miguel Cobo
                                                                                      ***

viernes, 3 de junio de 2016

"Mi leal traidora inspiración"





El Poeta Halley - Love of Lesbian (Con Joan Manuel Serrat) *






Me atraparás al vuelo y nunca a la pared

Y si me dejas aire en tus líneas dormiré
Palabras de una musa de baja maternal

Puede que al fin me conozcan muy bien
Si fueran puntos grises mis rarezas cada tara que cree
De seguirlos con un lápiz al final verías mi cara en el papel

Por eso estoy por aquí otra vez
Rebuscando en mi almacén esa palabra con su débil timidez
Ojalá encuentre la forma, más me vale, tengo un tema que acabar

Si no aparece nunca o entiendo que no di con la palabra justa
Y cuando al fin la encuentro
Llega aquel mar de dudas

Si cuando me decido tú me detienes
Siempre
Me aprietas justo aquí
Dices no, mi leal traidora inspiración

Cuando apareces menos soy

Y soy yo

Te quedarás dormida, menuda novedad,
Es peor mi geniocidio cuando no te dejo hablar
En la autopista de la vida si te saltas la salida hay que esperar

Puede que no haya aprendido a aceptar
Que escuadrones de moral judeocristiana con su culpabilidad
Nos seguirán por tierra, por el aire y sobretodo por amar

Puede que esté demorando la acción
A los doce tuve un sueño en que ganaba pero el sueño me venció
Desde entonces mis derrotas son las huellas del carné de ese tal yo

Ahora escúchame, ya he encontrado la palabra justa
Mejor prepárate, tiene algo que a todos asusta

Sí, la voy a soltar, la quiero soltar

Pronunciaré esperanza, la gritaré por dentro
Si es lo que hace falta
La escribiré mil veces
Me alejaré de espaldas
Quizás de repetirla algo me quede

No puedo permitir tu negación
Mi leal traidora inspiración
De intermitente aparición
Como un ángel hallado en un ascensor
Que bien funcionas como recuerdo.

[Recita Joan Manuel Serrat]

Acojo en mi hogar
Palabras que he encontrado abandonadas en mi palabrera
Examino cada jaula y allí, narrando vocales y consonantes
Encuentro a sucios verbos que lloran después de ser abandonados por un
Sujeto que un día fue su amo
Y de tan creído que era prescindió del predicado
Esta misma semana han encontrado a un par de adjetivos trastornados,
A tres adverbios muertos de frío
Y a otros tanto de la raza pronombre
Que sueñan en sus jaulas con ser la sombra de un niño
Se llama entonces a las palabras que llevan más días abandonadas
Y me las llevo a casa
Las vacuno de la rabia
Y las peino a mi manera
Como si fueran hijas únicas
Porque en verdad todas son únicas
Acto seguido y antes de integrarlas en un parvulario de relatos o canciones
Les doy un beso de tinta
Y les digo que si quieres ganarte el respeto nunca hay que olvidarse los
Acentos en el patio
A veces les pongo a mis palabras diéresis de colores imitando diademas
Y yo solo observo como juegan en el patio de un poema
Casi siempre te abandonan demasiado pronto
Y las escuchas en bocas ajenas
Y te alegras
Y te enojas contigo mismo como con todo lo que amamos con cierto egoísmo
Y uno se queda en casa, inerte y algo vacío
Acariciando aquel vocablo mudo llamado silencio
Siempre fiel, siempre contigo
Pero todo es ley de vida
Como un día me dijo el poeta Halley,
Si las palabras se atraen, que se unan entre ellas
Y a brillar, que son dos sílabas.

                ***


*Con mi gratitud a María Jiménez Aguilar que me regaló y descubrió esta canción

martes, 5 de abril de 2016

Monodiálogos frente al espejo


Monodiálogos frente al espejo
Antonio Fernández Ferrer
Editorial Nazarí. Granada

Con la doble llave de la joven Editorial Nazarí abrimos la cuidada edición de “Monodiálogos  frente al espejo” de nuestro amigo Antonio Fernández Ferrer, su nueva singladura literaria que partió “Desde el puerto de la Utopía” para llegar hasta nosotros con la misma nave creativa, pero con nuevas velas/páginas y viento fresco que impulsa su mente inquieta.

El título es ya de por sí definitorio de la intención de Antonio, que busca al interlocutor más próximo en sí mismo, a través de su reflejo especular, impelido por la imperiosa necesidad de interpelarse, de aludirse y de responderse, como testigo insoslayable de una realidad que se planta ante él –un él que también es nosotros, sus lectores- y le exige una respuesta inmediata y comprometida, ora irónica, ora reflexiva,  a cuanto acontece y le inquieta. O le preocupa. O le sensibiliza.

“Converso con el hombre que siempre va conmigo”, decía su genial homónimo, pero Fernández Ferrer, no pretende como Machado el soliloquio, ni aplaza ningún diálogo “ad futurum” con la divinidad. Antes al contrario, resuelve en planteamientos, nudos y desenlaces sucesivos los temas que aborda en los  artículos que integran las 86 páginas  que despliegan un abanico caleidoscópico, transversal, polícromo, cambiante, ágil y deslumbrante para el lector. Y todo ello plasmado con un estilo ya periodístico, ya intimista, que nos atrapa de la primera a la última página.


Es así como nos implica el autor en su original desdoblamiento, para que le acompañemos a él y a su “alter ego” en sus “Encuentros, Reencuentros y Desencuentros” (los tres epígrafes en los que encuadra sus monodiálogos). Nada humano de lo que les afecta nos es ajeno: la actualidad nacional e internacional, sus preocupaciones y contradicciones; sus rutinas y su nostalgia…Y aquellas pequeñas cosas serratianas que nos hacen formar parte de su entramado vital.

Sentido crítico, sensibilidad creativa, transversalidad temática. Vértices de un triángulo cuyo perímetro recorremos con nuestros ojos lectores y en cuya área nos hallamos, multiplicando su base conceptual por su altura dialéctica y dividiendo por dos (él y su reflejo)  y recrearnos, bien leyendo de un tirón o a la “rayuela”. Se toca, se gusta, se ve, se oye, se saborea este espejo multisensorial, cuyos destellos son música, microrrelato,  ¡soneto!... para acabar en un  artículo-epílogo que se ha empeñado, tal vez sin proponérselo, en mantener el libro abierto “sine die”: Elecciones y realidad. Una realidad que supera a la ficción y una última palabra premonitoria: Continuará. En ella estamos.    

                                                    ***

 

Miguel Cobo Rosa

sábado, 27 de febrero de 2016

Cuando miras despacio



Si te quedas mirando largamente
cualquier cosa del mundo
un gorrión, una mujer, un árbol,
un río, un desengaño, tal poema
por el que pasa un río
y una mujer desengañada y sola
y en el que se alza un árbol al que acuden
los gorriones mientras cae la tarde—,
si miras cualquier cosa un largo rato
y dejas que entre en ti,
que te vacíe de tu oscuridad
y que en tu ser halle cobijo y sea,
verás y sentirás que cuando miras
tú eres mundo también,
que en ti la vida se entrecruza y canta,
y que todo es sagrado.

(De Antes del nombre, Tusquets Editores, 2013)





***
Eloy Sánchez Rosillo

jueves, 11 de junio de 2015

Ofelia y las ninfas

                 
                              Imagen : Hilas y las ninfas. John Willian Waterhouse
 


En la ribera del río las arenas oscurecen, pidiendo
el barro del otoño; y detrás de las ramas, las
ninfas duermen, ebrias de sueño. No quieren
ser despertadas; desnudas, se apoyan las unas
a las otras, como si durmiendo perdieran
el deseo que las hace relinchar, como potras,
hundiendo los pies en los ojos que las descubren.

Pero el río no corre; y en el agua firme, una
transparencia de frío deja ver el cuerpo de
náyade de una inquieta Ofelia. En su rostro
donde la vida se muere, sólo los labios son bermejo
sangre, y todavía las empujo por tierra, con redes
de pescador, para tenderlas sobre las piedras
que rasgan su piel, en un último estertor.

El sol despierta a las ninfas; y todas acuden
alrededor de la fallecida, gritándole que se levante;
en sus ojos amoratados, en cambio, sólo se cierra
una puerta. ¿Quién se quedó detrás de ella?,
pregunta sin respuesta. Pero vuelvo
a casa, abro la ventana; y es Ofelia que me
acoge, despierta, renacida y pura camelia.

***

Nuno Júdice



martes, 3 de marzo de 2015

LOS RÍOS



                                      Foto: Aitor Agirregabiria. Flirck.com        


HAY ríos, como colas de fantasmas,
que cruzan las ciudades
sin que nadie los vea.
Son sumisos suicidas con fe de enamorados
que esperan alcanzar un cielo prometido,
una suerte de abismo o de abrazo
que diluya sus nombres para siempre.

En los días dorados del invierno,
hay viejos que se asoman a la vida,
y la vida es un río, fugitivo y ajeno.
Se sientan en los bancos, con sus ojos de buey,      
tertulian en los puentes soleados,
sin que nadie los vea,
y cuando cae la tarde, como miel,
y el silencio se apoya en las barandas,
descansan su mirada sobre el río,
eligen una ola o un remanso
y mueren despacito, codo a codo.
Por eso nunca están en las postales
que compran los turistas, ni salen en las fotos,
ni hay nadie que los vea.


***

Miguel Ángel Barrera Maturana

domingo, 1 de marzo de 2015

Agua clara




                                                       Foto: Shaun                                      

    La vida es el río que va a dar al mar, por supuesto, y también está claro que nunca nos bañaremos dos veces en la misma corriente, según dijo Heráclito, pero uno puede sentarse en la ribera entre las flores de esta incipiente primavera y contemplar cómo fluye el agua, que no es sino la propia memoria limpia o turbia. Existe el placer de remontar el cauce hasta llegar al manantial donde uno se bañaba de niño, aquellas risas, aquellos gritos, y recordar también los felices y turbulentos días de la adolescencia cuando era todavía agua plateada de alta montaña, tan fría e incontaminada la que llegaba a la cascada.

    Bajo la espesura de los sauces había plácidos remansos, que a veces un rayo de sol hería hasta el fondo de la madre y allí de joven la vanidad del cuerpo se fundía con el verde del agua desnuda. Pero hubo en momento en que la vida dejó de deslizarse suavemente sin peligro río abajo y en las riberas aparecieron los primeros cocodrilos. Recuerdas muy bien cuándo fue y quiénes eran esos enemigos. Después aún tuviste que atravesar un banco de pirañas antes de llegar a este prado de primavera donde ahora estás sentado contemplando cómo pasa el agua.

    El río tiene una doble corriente, una superficial y otra profunda, como sucede también en la vida. Este suave airecillo de marzo va a producir muy pronto un violento deshielo, y con la crecida por la superficie verás pasar junto con animales muertos, árboles arrancados de cuajo y enseres inútiles, todo lo que en ti fue vano y estúpido. En cambio, por el fondo del cauce a ciegas con el légamo fluirán hacia la muerte, hacia el mar, el esfuerzo que hiciste para no ceder al fracaso, los amores y sueños que hayas tenido, toda la belleza que pudiste obtener como un regalo en tu paso por la tierra. Pero nunca habrá que morir mientras en esta orilla sea primavera.

                                                              ***


Manuel Vicent

martes, 10 de febrero de 2015

Decir amigo


Presentación que escribió y leyó  Alberto Granados en mi recital del día 26 de enero de 2015 en "La luz del callejón" promovido por la Asociación cultural del Diente de Oro de Granada.

                 
                                  Fotografía de Jesús García Latorre

A comienzos de 1972 llegó, tras jurar bandera, un nuevo remplazo de soldados al cuartel de Artillería de Córdoba, donde yo había alcanzado el brillante empleo de furriel. Entre aquella patulea de novatos encontré a un Miguel Cobo inseguro, nervioso y entregado a la hostilidad de aquel universo soldadesco. Me lo recuerda el propio poeta: que yo, al verlo tan apocado, al saber que era maestro, tiré de él y lo presenté a mis amigos. Con ello comenzó  una amistad que ya dura casi 45 años y que hace que yo esté hoy sentado aquí.      

    No es que vaya a contaros la mili, pero es conveniente encuadrar esta amistad en sus justas coordenadas espacio-temporales. Años setenta, o sea: el tardofranquismo y la aparición de unas verdaderas ansias de libertad y de acabar con la dictadura; años de un nuevo asociacionismo político que se debatía entre la reforma o la ruptura; años de la música pop, probablemente de la mejor música pop de todos los tiempos, lo que nos permitió compartir impresiones sobre nuestras estrellas del momento: la Joplin, The Doors, Carole King, la chanson francesa, los mil italianos de san Remo, Serrat, nuestro Miguel Ríos...; años posteriores al mayo del 68, la primavera de Praga, la guerra de Vietnam, el pacifismo hippy..., años en definitiva, de adquirir un compromiso por las libertades, situación que Miguel y yo compartíamos secreteando en el cuartel y en los bares en que pasábamos aquellas tediosas tardes del invierno cordobés; años de un cine europeo que devorábamos en salas como el Trajano. Años llenos de magia que hoy se me aparecen, con la pátina del tiempo, como un futuro intacto y prometedor, lleno de ilusiones y ganas de comerse el mundo.               

                 



          Descubrimos juntos mucha música en las máquinas de los bares de la judería; leímos libros de Neruda, a quien acababan de concederle el Nobel; compartimos el nuevo humor inteligente que representaron Hermano Lobo y, algo más tarde, Por Favor. También conformamos en las sesiones de cine nuestro Olimpo cinematográfico: comprendimos que Rommy Schneider era una mujer, ese ente metafísico que nos tenía absorbido el seso (con s, por favor, no seáis morbosos), muy distinto a aquella candorosa Sissi Emperatriz de la década anterior, tan parecida a nuestras hermanas, novietas fallidas  o primas. Fijamos nuestro código estético-erótico, en el que ocuparon lugares destacados una serie de cuerpos y rostros que, como al niño de Cinema Paradiso, nos turbaban (o incluso más). ¡Qué peligro tenía el lunar junto a la boca de Virna Lisi! ¡Qué pedazo de mujer era Sarah Miles! ¡O Catherine Deneuve! ¡Qué decir de la rotundidad de Jeanne Moreau, Annie Girardot, Jane Fonda, Isabelle Adjani, Anne Margret, la gélida Liv Ulmann, Anouk Aimée... que tomaban el relevo a nuestras Claudia Cardinale o Sofia Loren, quienes ya empezaban a eclipsarse! ¿Y Ursula Andress, dándole forma corpórea a la Venus que salía de las aguas junto a Sean Connery 007? Nada que ver con nuestras Sara Montiel, Carmen Sevilla o Marujita Díaz, eso estaba claro. Mucho menos con las “niñas” de nuestras pandillas, que eran unas santas. El mundo era una promesa, estaba intacto, como el primer día de la creación, y era para nosotros, para la gente como Miguel o como yo. O eso creíamos percibir en nuestra ingenuidad.

                                        

La mili nos robaba un tiempo irrecuperable y de forma instintiva intentamos recobrar algo en esa búsqueda  o encuentro fortuito de nuevas realidades: empezaron a sonarnos nombres de directores de cine, de compositores de música clásica, de poetas y novelistas de esos que jamás mencionaban las historias de la literatura oficiales, de revistas de pensamiento... Fue Miguel quien descubrió en la Biblioteca de Oficiales un ejemplar de Últimas tardes con Teresa. Nos lo fuimos leyendo los que, además de alfabetizar a los soldados, ordenábamos aquella inmensa sala llena de nombres y títulos dedicados a tergiversar la realidad y la historia españolas, como convenía a la concepción militar de entonces.

                     
                         Fotografía: Mari Carmen Mesa



Miguel Cobo fue, durante unos meses, el buen amigo, tan semejante a mí, con el que descubrir buena parte de los elementos de mi educación ética y estética. También la magia de una ciudad tan hermosa como Córdoba. Su carácter afable, su sensibilidad y su inteligencia eran un eficaz antídoto contra la garrulería imperante, una vacuna contra la estolidez de aquel entorno.

Sólo muy tardíamente me descubrió su poesía. Usaba, lo recuerdo, cuartillas de un papel magnífico, rugoso, muy adecuado para escribir con pluma estilográfica. Él lo hacía con una letra envidiable para mi torpeza manual, con una pulcritud admirable. Pero sobre todo, me impresionaba la calidad de su poesía, su capacidad versificadora y la profundidad de sus poemas. Lo consideraba poseedor de mil claves de una sensibilidad poética que yo ni siquiera intentaba imitar, sabedor de mi incapacidad.

Cuando me licencié, nos escribimos durante un tiempo y en cada carta suya venían varios poemas en los que se hablaba de jazz, de trenes y ríos, de ciudades que parecían desiertas, de búsquedas, del deseo... Imágenes verdaderamente creativas,  una infancia vagamente reflejada, como un paraíso perdido que palpita en cada poema, un humor solapado y zumbón siempre presente, una poesía que conecta con el lector por su cotidianeidad. Una poesía aún prácticamente inédita, lo que demuestra simplemente lo poco que este país cuida a sus creadores de calidad.

Después vinieron varios paréntesis en que nos perdimos la pista para retomarla con nuevas cartas en que siempre me regalaba varios sonetos, hasta que hace cinco o seis años, internet me permitió reencontrarlo y conocer su poesía riográfica. Inmediatamente, fue comentarista habitual de mi blog y poco después surgió el suyo, por donde ha ido esparciendo sus enormes poemas, sus Ficcionarios, aforismos, postales y su inmenso Diario del funambulista.
Hoy me permito dos licencias, muy extrañas a mi manera de ser: la primera, dedicarle un poema de bienvenida. De antemano sé que el resultado es torpe, pero por un querido amigo estoy dispuesto a correr el riesgo de esa legendaria “cólera del español sentado”. Dice así:

BIENVENIDA A MIGUEL

Cada poema sostiene un universo
de deseo, de pálpito, de luz.
Un ser doliente que agacha su testuz
y con la humilde entrega del converso

busca la vida entera en cada verso.
No oculta, como hace el avestruz,
su existencial verdad este andaluz,
el dolor de este vivir perverso,

pero sacando fuerzas de flaqueza
exulta ese prodigio de estar vivo.
Hoy te acoge este ámbito de Egea

que te espera y te admira con largueza,
que te recibe, entregado, como a un divo.
Que escribas muchos versos. Yo los lea.


La segunda licencia es arrogarme una representatividad que sé que no poseo para darle la bienvenida a esta ciudad de  poetas y poesía, para acogerlo en nombre vuestro y de Granada.


Amigas, amigos, con vosotros, este buen hombre (en el buen sentido de la palabra hombre) y magnífico poeta (en el mejor sentido de la palabra poeta): Miguel Cobo Rosa.

                                         ***

Alberto Granados Palacios

domingo, 14 de diciembre de 2014

El río



  
Cae el día. La luz cede ante el pecho de la sombra. Es tiempo de que vaya
al río para llenar mi cántaro.

   El rumor del agua me llama por el aire como una fresca voz aleteante.
Iré al río por el crepúsculo melancólico. El viento se levanta, único pasajero
por el camino solitario. Un largo estremecimiento se desliza sobre el agua.

   Voy hacia el río y no sé si llegaré. Tampoco sé si volveré. Me invade una vaga
ansiedad... Quizá tenga de pronto un encuentro imprevisto...  A lo lejos,
en su barca, un hombre desconocido toca su laúd.


Rabrindanath Tagore

                                                           ***

domingo, 19 de octubre de 2014

Presentación del libro “Desde el puerto de la Utopía” de Antonio Fernández Ferrer en el Ateneo de Córdoba.



Han transcurrido casi ocho meses desde que el 8 de febrero pasado nos visitara, en esta sede del Ateneo cordobés, nuestro amigo el escritor, poeta, profesor y cantautor granadino Antonio Fernández Ferrer, para presentarnos entonces, de la mano de nuestro Presidente Antonio Varo,  su excelente poemario “Memoria del Tiempo”. Y es esa memoria, con el eco de sus versos y su voz aún resonando en estas paredes, la que nos permite hoy  recordar aquellas horas gratas e intensas en  torno a su obra y a la persona cercana y entrañable que es Antonio. Fecha que, además, dató el hermanamiento en la pasión por la cultura en todas sus facetas de los Ateneos de Córdoba y de Motril, en el más puro espíritu ateneísta. Pues bien, “ha llegado el momento de reencontrarnos” como decía el último verso de su poema “Reencuentros”. Un verso premonitorio que es  hoy una feliz realidad y sale al encuentro de una sempiterna utopía: la que supone siempre un nuevo libro. Porque si de utopías hablamos, qué mejor manera de hacerlo sino embarcándonos en esta nueva nave-libro, cuyo timonel-escritor nos  acerca “Desde el puerto de la utopía” hasta nuestra orilla, como quien va de su corazón a sus asuntos. Tal vez  pensara su autor, al decidirse por este sugerente título, en Utopo, uno de sus  primeros gobernantes que dio nombre a aquella isla imaginaria; o en el propio Tomás Moro, el creador utopista por antonomasia. Antonio Fernández Ferrer abordó así este periplo literario, cuya singladura se inicia  en otra isla virtual, cartografiada en el  proceloso océano de la blogosfera: Su blog “Entre los sauces”. Un blog magnífico, aún joven –nació en mayo de 2013-, pero sembrado de artículos y posts, con una variadísima temática, que acumulaba al cabo de un año de su creación 175 entradas y que, a día de hoy, si no nos lo desmiente su autor, andará  rondando las doscientas. Toda una aventura creativa que en un determinado momento Antonio pensó en plasmar en páginas tangibles de papel  y convertirlas felizmente en el libro que nos ocupa,  primorosamente editado por la excelente Editorial Nazarí.  Se trata de una selección antológica de 50 de dichas entradas, elegidas a conciencia y muy cuidadosamente por su creador.


                                    http://afferrer.wordpress.com/
 
Tenemos en las manos, como podréis comprobar, un libro muy original y diferente; de contenido variadísimo y muy estimulante para el lector. Una miscelánea intergéneros a través de cuyas páginas se nos ofrecen los contenidos más heterogéneos, ordenados cronológicamente según la fecha de aparición en el blog, desde el 17 de mayo de 2013 al 21 de julio de 2014. Podemos optar , si nos apetece, por leerlo aleatoriamente, abriéndolo por cualquier artículo, sin que ello altere su unidad ni su sentido; antes al contrario, abre sus múltiples ventanas a nuestra curiosidad lectora, permitiéndonos una puntual elección o cualquier oportuna  relectura, con esa inmediatez que nos ofrecen los libros transversales y amenos, siempre accesibles  en todo momento y lugar. Parafraseando aquel título de Jardiel Poncela, “para leer mientras sube el ascensor”, si se nos permite una imagen tan gráfica;  aunque, claro, algo exagerada, como es de esperar cuando el humor anda por medio.
En cuanto a su temática, nada humano le es ajeno a nuestro autor que, con su ágil pluma y su personalísimo estilo, nada ampuloso, claro y directo y, cuando el tema lo requiere, muy periodístico y didáctico, se mueve con soltura entre géneros, desde el artículo de rabiosa actualidad, hasta el poema más intimista, pasando por la crónica de acontecimientos del pasado relacionados con las ricas experiencias y vivencias del autor en todos los aspectos de su polifacética trayectoria, incluidos, obviamente, los autobiográficos; siempre, eso sí, con rigor y sin concesiones a una nostalgia mórbida e improductiva que nos conduciría indefectiblemente a la melancolía. Escribe Fernando González Lucini de Antonio al respecto:

 “A Antonio (…) la vida, y todo cuando acontece a su alrededor –si es bello, y especialmente si es injusto y doloroso– no le deja indiferente, le remueve toda sus sensibilidad y sus sentimientos, y le provoca el levantamiento de una aireada expresión descriptiva, rebelde y crítica –sea cantada, escrita o vociferada– siempre con vocación liberadora”.


 Porque Antonio más que utópico, se nos muestra utopiano; es decir, no es él un soñador de mundos imposibles, sino un habitante lúcido de un mundo que no es el mejor, pero sabedor  de que con el compromiso, con la solidaridad, con la ilusión, con el esfuerzo colectivo, con la creatividad, con la inteligencia, con el inconformismo, con la rebeldía, con la amistad, ¡con las canciones!, se puede mejorar. Su crítica es acerada y mordaz contra los políticos, gobernantes y otros personajillos incompetentes, cavernícolas o corruptos; valiente en la denuncia, poniendo el dedo en la llaga de los problemas que a todos nos preocupan y afectan, tanto en el ámbito nacional como en la esfera internacional, desde una perspectiva humanista  y progresista y de un espíritu libre,  rebelándose contra las injusticias y los abusos, sin desdeñar recursos tan eficaces para combatirlos como la ironía y un finísimo sentido del humor.
Sus conocimientos musicales quedan también reflejados en el libro, con una extensa y bien documentada banda sonora (que, en muchas ocasiones, coincidirá con la del lector), que abarca desde sus comienzos como cantautor y su decisiva participación, como uno de sus creadores, en el proyecto  “Poesía 70  : Manifiesto canción del sur”, hasta el más reciente –ambicioso y espléndido- del antes citado Fernando González Lucini (al que Antonio llama el Empecinado), “Centro de Documentación y Difusión de la Canción de Autor”. Sin olvidar las semblanzas de los grandes músicos anglosajones de las décadas de los 60 y  los 70, demostrándonos su gran erudición y conocimiento del tema.  Ringo Starr, Jim Croce, Bob Dylan, Pete Seeger, Lou Reed…resuenan en nuestros oídos entre las páginas de esta evocadora utopía. Destacaré la excelente traducción que Antonio nos ofrece de “El tiempo en una botella”  obra maestra del malogrado Jim Croce, una de las más bellas canciones que haya escuchado jamás y que he descubierto  tardíamente, gracias a este libro.



Resaltaría así mismo el profundo sentido de la amistad que late en estas páginas, reflejado en varios emocionantísimos artículos, ya de celebración y remembranza, ya de tono inevitablemente elegíaco. Un hermoso tributo, reitero, a la amistad, de honda dimensión humana.
Para terminar, vamos a encontrar en estas páginas, como remansos de paz y reflexión, bellísimos poemas y micropoemas que nos permitirán escapar, aun cuando sea fugazmente, de esta vorágine de acontecimientos que sacuden nuestro país y el mundo en que vivimos y que nos sumen en el desconcierto y en la perplejidad, pues como dice Antonio:

                        Por fin he roto con mi pasado
                        y al presente que me contempla        
                        no acabo de verle el futuro.

Seguro que partiendo “Desde el puerto de la utopía” atisbaremos un rayo de esperanza en nuestro regreso a Ítaca. Podemos.



Miguel Cobo Rosa
Córdoba, 17 de octubre de 2014

***

lunes, 22 de septiembre de 2014

Nada



                                                        Imagen: NASA





Cuando ya no seamos ni recuerdo
del último confín de nuestra sangre.
Cuando al fin se borre toda huella
y no quede ni rastro del olvido
y una montaña de un planeta ignoto
haya negado el eco de tu voz,
ya insonoros el tiempo y sus campanas;
cuando ya desahuciados de la nada
y la estirpe de la especie sea
el espectro de un cromosoma errante,
será entonces, sí, cuando seremos
los dueños absolutos del silencio
que alberga la orfandad del Universo.


***

Miguel Cobo Rosa