miércoles, 28 de noviembre de 2012

DEMORA

 




Escucho el rumor de las horas al paso de un tren inesperado. Despliego las alas del tiempo y aguardo en el andén -la mirada perdida-  absorto en mis recuerdos. Cuento tramos de vía como líneas de vida: paralelas que juegan a buscar su geometría del azar y por mucho que se prolonguen  nunca se encuentran. Nada acaba en la bocana del presente y solo la memoria de un viaje sin rumbo proclama su vigencia y emerge entre fragmentos del pasado. Turbias fotografías de viajeros, suburbios espectrales de posguerras y hambre. El frío de las noches de inviernos y paraguas tristes que protegen de lágrimas. Cristales empañados y dedos que dibujan corazones o besos estampados de otros labios que han perdido palabras en la espera nocturna. La estación, ya vacía, teje brumas de ausencia entre luces ambiguas de nostalgia o de duda. Busco mi billete en los bolsillos de la melancolía,  mientras el tren se acerca con un silbido de impaciencia. ¿Qué hacer con este adiós sin despedida?





Miguel Cobo Rosa

                                                               ***

9 comentarios:

A.Torrante dijo...

No hay mejor adiós, que aquél sin despedida. Es casi como un reencuentro suspendido. Abrazo!

José Luis Martínez Clares dijo...

Veo que tus ríos se han vuelto de hierro, que sus cauces saben a despedida, que su curso acaba siempre en una nueva estación. Veo, además, que tu poética sigue siendo un viaje que merece la pena realizar. Me subo a este tren. Abrazos, amigo

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Trenes, siempre van al norte. Un abrazo, enorme.

Marián dijo...

¡Qué texto tan bello¡
...he intentado subrayar algunas frases, pero son todas tan maravillosas que no he podido hacerlo. No falta ni sobra nada. Creo. Me ha gustado muchísimo.
Y esa imagen con esa silueta que dibuja en negro la luz del túnel, y ese breve encuentro del vídeo...muy simbólico todo.

Gracias, Miguel. Un beso.

XuanRata dijo...

Los andenes, como los aeropuertos, lugares de tránsito, lugares que reniegan del espacio y se entregan al tiempo. Y sus trenes, que tienen algo de transporte trasnochado: fíjate que después de tanto tiempo todavía no han conseguido librarse de los dichosos railes. La espera y el destino: fértil abono de la melancolía.

Gracias, Miguel. Por cierto, esa foto de tu perfil parece sacada de un clásico de los años 40 o 50, los tiempos del insuperable Cary Grant.

Marisa dijo...

Los adioses más terribles para el alma son aquellos que no tienen despedidas. Son como trenes sin raíles, son raíles despojados de trayectos y destinos.

Decirte que me ha encantado tu prosa poética sería una perogrullada. En esas líneas has dibujado tantos adioses y besos tatuados en los cristales del vagón, has tejido un pasado en blanco y negro con el hilo de la nostalgia, que la estación solitaria recobra vida, la vida de esas aguas esta vez encauzadas en los raíles de las ilusiones y sueños.

Te echaba de menos, Miguel.
Un abrazo.

Alberto Granados dijo...

Ya me dan casi miedo los trenes. Creo que no nos pueden llevar a ningún sitio bueno, que ya sólo nos esperan estaciones desoladoras.
Deben de ser cosas de la edad tardía, Miguel.

AG

Miguel Cobo dijo...

A.Torrante, si no hay despedida nos queda la esperanza del regreso. Pues no me despido: Nos vemos a la vuelta:

Un abrazo transoceánico.

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José Luis, mis ríos no suelen ser navegables; son ríos contemplativos. Los trenes me llevan a otros ríos. Y encantado de viajar contigo, hombre de Gor.

Un abrazo.

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Así es, Emilio, nuestros trenes siempre van hacia el Norte. Son los grandes expresos, los de largos viajes, nocturnos, cargados de sueños.

Abrazo fuerte, mon ami.

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Gracias a ti, Marián. Encontré estos fotogramas de la película "Breve encuentro" y me pareció que habían sido creados para este texto. Y otros mil que sugieren.
Un beso, amiga.

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Xuan, sí, parece mentira que los ráiles no sean un puro anacronismo. Ese paralelismo obsesivo que por mucho que se prolonguen...
¡Ah! La foto de perfil es de la boda de mi hija, hace un par de años.

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Gracias, Marisa. De mis soledades-ríos vengo, a mis soledades-trenes voy. La influencia machadiana, muy marcada geográficamente en mis orígenes jiennenses, es tan riográfica como ferroviaria.

También yo os echo de menos. Acaso tanto mis ríos como mis trenes atraviesen un territorio de dudas y desasosiegos, plagado de largos túneles y procelosos cauces. Ojalá pronto pueda ver la luz.

Un fuerte y afectuoso abrazo, amiga.

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Alberto, Luis Landero hablaba de los juegos de la edad tardía. Pero llevas razón: a esta edad no estamos ya para muchos juegos y, como nos descuidemos, perderemos el ¿penúltimo? tren.
Un fuerte abrazo, fiel compañero de viaje.

Miguel Cobo dijo...

FE DE ERRATAS.

En mi comentario a Xuan, quise escribir raíles (no ráiles).