domingo, 5 de febrero de 2012

A orillas del East River




I

En esta encrucijada,

flagelada por vientos de dos ríos

que despeinan la calle y la avenida,

pisoteada su negrura por gaviotas de luz,

descienden las palabras a mi mano,

picotean los granos de rocío,

buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.



Siempre aspiré a que mis palabras,

las que llevo al papel,

continuasen llorando

-de pena, de felicidad, de desesperanza,

al fin, todo es lo mismo-,

porque yo las había llorado antes;

antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,

en el papel deshabitado, que es el morir.

Dejarían en él los ecos asordados, empañados,

de lo que tuvo vida.

Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,

lloraría por seres que jamás conoció,

que acaso no es posible que existieran

aunque estuvieron vivos

en el recuerdo o en la imaginación.

Lloraríamos todos por los desconocidos,

los -para mí -difuminados

en la magia del tiempo.



Contra las estructuras

de metal y de vidrio nocturno

rebotan las palabras aún sin forma,

consagradas en el torbellino helado,

y no me hacen llorar.

Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!



II

Yo ya no lloro,

excepto por aquello que algún día

me hizo llorar:

los aviones que proclamaban

que todo había terminado;

la estación amarilla diluida en la noche

en la que coincidían, tan sólo unos instantes,

el tren que partía hacia el norte

y el que partía hacia el oeste

y jamás volverían a encontrarse;

y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;

y la malagueña canaria;

y la niña mendiga de Lisboa

que me pidió un «besiño».



Yo ya no lloro.

Ni siquiera cuando recuerdo

lo que aún me queda por llorar.





José Hierro. De "Cuaderno de Nueva York" 1998

6 comentarios:

Marisa dijo...

Los ríos se formaron con las lágrimas de los poetas. Su cauce sigue vital gracias a esos sentimientos.
Que siga llorando la poesía, es el único camino para paliar la sequía de los corazones.

Has creado unas imágenes que hacía tiempo que no te leía, Miguel. Mi aplauso.

Beso, poesía y lágrimas.

Kaperusita dijo...

Me impacta la escena del que no puede ya llorar porque todo lo ha llorado. Es triste, es duro no poder llorar porque nada puede ya conmoverte. Los que aún podemos, nos con-moveremos por los que no pueden.
Besos, Miguel.

XuanRata dijo...

Tal vez la poesía sea nada más que eso, una forma de llorar sin lágrimas; o de volver a reir aunque el chiste ya no tenga gracia.

Qué claridad tienen los buenos poetas, esa claridad que no deslumbra.

Marián dijo...

¡Qué bueno Juan Rulfo¡..."Diles que no me maten"...porque los muertos ya no tienen ese problema...
José Hierro ¡qué gran poeta¡..."Grito ¡Todo¡ y el eco dice ¡Nada¡ Grito ¡Nada¡ y el eco dice ¡Todo¡...

Un beso, Miguel.

José Luis Martínez Clares dijo...

el papel deshabitado... cuánta inexistencia. Abrazos, amigo.

Alberto Granados dijo...

Me has escalofriado, Miguel. Yo no ando muy fino últimamente y, aunque tampoco lloro, tengo el ánimo jodido, así que el poema me ha dejado para el arrastre.
Lo he leído seis o siete veces, para ver si es un estado transitorio, pero no.

Estos poetas de la generación de postguerra me ayudan poco con mis desalientos.

Un abrazo riográfico.

AG