Cuando subas al tren para el destierro anhela que el destino sea irreal. Quizá te espere Luna en la estación del Norte y ella oculte su cara para hacerte sufrir. Saluda a los viajeros que se crucen contigo (puede que uno de ellos sea tu gran amor). Deseo que la noche se parezca al viaje: fría bajo las estrellas y cálida en el bar. Deja el coñac que fluya de la copa al cigarro, puede que el alma cambie de estado mineral. Era un gas venenoso de mordedura incierta y líquido elemento que te hiciera llorar. Si es sólido al bajarte procura que sea negro el carbón combustible de este lánguido blues. Pero piensa: el más puro carbono que conoces puede ser el diamante que fue su corazón.
***
Miguel Cobo Arreglos y música: Luis Lara.
Fotografía: Atardecer en la estación de Sablé sur Sharte. Alfonso Carlos Cobo.
Nos adorna el paisaje. Por ejemplo, ella deja que el sauce le roce con sus ramas y yo que el céfiro caliente deposite jazmín en mi barbilla.
Estiramos los cuerpos junto al río como si fuesen rocas decorando la tarde.
Ella contempla el agua ondulando la luz, la luz contempla el agua ondulándola a ella.
Se aleja la ciudad desde nuestras riberas, pero vienen abejas con su baile celeste y caballos y vacas jugando como perros. –Las bestias– me susurra –son caricias del agua.
El céfiro caliente se cuela entre nosotros llevándose las ramas de sauce de su pelo y el jazmín que perfila de blanco mi barbilla. Observamos la luz ensortijar el río y el río nos observa envueltos en el céfiro. Ya no somos dos ciegos que tiemblan ante el alba, ahora somos videntes desvelando las sombras.
El Poeta Halley - Love of Lesbian (Con Joan Manuel Serrat) *
Me atraparás al vuelo y nunca a la pared Y si me dejas aire en tus líneas dormiré Palabras de una musa de baja maternal
Puede que al fin me conozcan muy bien Si fueran puntos grises mis rarezas cada tara que cree De seguirlos con un lápiz al final verías mi cara en el papel
Por eso estoy por aquí otra vez Rebuscando en mi almacén esa palabra con su débil timidez Ojalá encuentre la forma, más me vale, tengo un tema que acabar
Si no aparece nunca o entiendo que no di con la palabra justa Y cuando al fin la encuentro Llega aquel mar de dudas
Si cuando me decido tú me detienes Siempre Me aprietas justo aquí Dices no, mi leal traidora inspiración
Cuando apareces menos soy
Y soy yo
Te quedarás dormida, menuda novedad, Es peor mi geniocidio cuando no te dejo hablar En la autopista de la vida si te saltas la salida hay que esperar
Puede que no haya aprendido a aceptar Que escuadrones de moral judeocristiana con su culpabilidad Nos seguirán por tierra, por el aire y sobretodo por amar
Puede que esté demorando la acción A los doce tuve un sueño en que ganaba pero el sueño me venció Desde entonces mis derrotas son las huellas del carné de ese tal yo
Ahora escúchame, ya he encontrado la palabra justa Mejor prepárate, tiene algo que a todos asusta
Sí, la voy a soltar, la quiero soltar
Pronunciaré esperanza, la gritaré por dentro Si es lo que hace falta La escribiré mil veces Me alejaré de espaldas Quizás de repetirla algo me quede
No puedo permitir tu negación Mi leal traidora inspiración De intermitente aparición Como un ángel hallado en un ascensor Que bien funcionas como recuerdo.
[Recita Joan Manuel Serrat]
Acojo en mi hogar Palabras que he encontrado abandonadas en mi palabrera Examino cada jaula y allí, narrando vocales y consonantes Encuentro a sucios verbos que lloran después de ser abandonados por un Sujeto que un día fue su amo Y de tan creído que era prescindió del predicado Esta misma semana han encontrado a un par de adjetivos trastornados, A tres adverbios muertos de frío Y a otros tanto de la raza pronombre Que sueñan en sus jaulas con ser la sombra de un niño Se llama entonces a las palabras que llevan más días abandonadas Y me las llevo a casa Las vacuno de la rabia Y las peino a mi manera Como si fueran hijas únicas Porque en verdad todas son únicas Acto seguido y antes de integrarlas en un parvulario de relatos o canciones Les doy un beso de tinta Y les digo que si quieres ganarte el respeto nunca hay que olvidarse los Acentos en el patio A veces les pongo a mis palabras diéresis de colores imitando diademas Y yo solo observo como juegan en el patio de un poema Casi siempre te abandonan demasiado pronto Y las escuchas en bocas ajenas Y te alegras Y te enojas contigo mismo como con todo lo que amamos con cierto egoísmo Y uno se queda en casa, inerte y algo vacío Acariciando aquel vocablo mudo llamado silencio Siempre fiel, siempre contigo Pero todo es ley de vida Como un día me dijo el poeta Halley, Si las palabras se atraen, que se unan entre ellas Y a brillar, que son dos sílabas.
***
*Con mi gratitud a María Jiménez Aguilar que me regaló y descubrió esta canción
Monodiálogos frente al espejo
Antonio Fernández Ferrer
Editorial Nazarí. Granada
Con la doble llave de la joven Editorial Nazarí abrimos la cuidada edición de
“Monodiálogos frente al espejo” de
nuestro amigo Antonio Fernández Ferrer, su nueva singladura literaria que
partió “Desde el puerto de la Utopía” para llegar hasta nosotros con la misma
nave creativa, pero con nuevas velas/páginas y viento fresco que impulsa su
mente inquieta.
El título es ya de por sí definitorio de la intención de Antonio, que busca al
interlocutor más próximo en sí mismo, a través de su reflejo especular,
impelido por la imperiosa necesidad de interpelarse, de aludirse y de
responderse, como testigo insoslayable de una realidad que se planta ante él
–un él que también es nosotros, sus lectores- y le exige una respuesta
inmediata y comprometida, ora irónica, ora reflexiva, a cuanto acontece y le inquieta. O le
preocupa. O le sensibiliza.
“Converso con el hombre que siempre va conmigo”, decía su genial homónimo, pero
Fernández Ferrer, no pretende como Machado el soliloquio, ni aplaza ningún
diálogo “ad futurum” con la divinidad. Antes al contrario, resuelve en
planteamientos, nudos y desenlaces sucesivos los temas que aborda en los artículos que integran las 86 páginas que
despliegan un abanico caleidoscópico, transversal, polícromo, cambiante, ágil y
deslumbrante para el lector. Y todo ello plasmado con un estilo ya periodístico,
ya intimista, que nos atrapa de la primera a la última página.
Es así como nos implica el autor en su original
desdoblamiento, para que le acompañemos a él y a su “alter ego” en sus
“Encuentros, Reencuentros y Desencuentros” (los tres epígrafes en los que
encuadra sus monodiálogos). Nada humano de lo que les afecta nos es ajeno: la
actualidad nacional e internacional, sus preocupaciones y contradicciones; sus
rutinas y su nostalgia…Y aquellas pequeñas cosas serratianas que nos hacen
formar parte de su entramado vital.
Sentido crítico, sensibilidad creativa, transversalidad
temática. Vértices de un triángulo cuyo perímetro recorremos con nuestros ojos
lectores y en cuya área nos hallamos, multiplicando su base conceptual por su
altura dialéctica y dividiendo por dos (él y su reflejo) y recrearnos, bien leyendo de un tirón o a la
“rayuela”. Se toca, se gusta, se ve, se oye, se saborea este espejo
multisensorial, cuyos destellos son música, microrrelato, ¡soneto!... para acabar en un artículo-epílogo que se ha empeñado, tal vez
sin proponérselo, en mantener el libro abierto “sine die”: Elecciones y realidad. Una realidad que supera a la ficción y una última palabra
premonitoria: Continuará. En ella estamos.
La vida es el río que va a dar al mar, por supuesto, y
también está claro que nunca nos bañaremos dos veces en la misma corriente,
según dijo Heráclito, pero uno puede sentarse en la ribera entre las flores de
esta incipiente primavera y contemplar cómo fluye el agua, que no es sino la
propia memoria limpia o turbia. Existe el placer de remontar el cauce hasta
llegar al manantial donde uno se bañaba de niño, aquellas risas, aquellos
gritos, y recordar también los felices y turbulentos días de la adolescencia cuando
era todavía agua plateada de alta montaña, tan fría e incontaminada la que
llegaba a la cascada.
Bajo la espesura de los sauces había plácidos remansos,
que a veces un rayo de sol hería hasta el fondo de la madre y allí de joven la
vanidad del cuerpo se fundía con el verde del agua desnuda. Pero hubo en
momento en que la vida dejó de deslizarse suavemente sin peligro río abajo y en
las riberas aparecieron los primeros cocodrilos. Recuerdas muy bien cuándo fue
y quiénes eran esos enemigos. Después aún tuviste que atravesar un banco de
pirañas antes de llegar a este prado de primavera donde ahora estás sentado
contemplando cómo pasa el agua.
El río tiene una doble corriente, una
superficial y otra profunda, como sucede también en la vida. Este suave airecillo
de marzo va a producir muy pronto un violento deshielo, y con la crecida por la
superficie verás pasar junto con animales muertos, árboles arrancados de cuajo
y enseres inútiles, todo lo que en ti fue vano y estúpido. En cambio, por el
fondo del cauce a ciegas con el légamo fluirán hacia la muerte, hacia el mar,
el esfuerzo que hiciste para no ceder al fracaso, los amores y sueños que hayas
tenido, toda la belleza que pudiste obtener como un regalo en tu paso por la
tierra. Pero nunca habrá que morir mientras en esta orilla sea primavera.
Presentación que escribió y leyó Alberto Granados en mi recital del día 26 de enero de 2015 en "La luz del callejón" promovido por la Asociación cultural del Diente de Oro de Granada.
Fotografía de Jesús García Latorre
A
comienzos de 1972 llegó, tras jurar bandera, un nuevo remplazo de soldados al
cuartel de Artillería de Córdoba, donde yo había alcanzado el brillante empleo
de furriel. Entre aquella patulea de novatos encontré a un Miguel Cobo
inseguro, nervioso y entregado a la hostilidad de aquel universo soldadesco. Me
lo recuerda el propio poeta: que yo, al verlo tan apocado, al saber que era
maestro, tiré de él y lo presenté a mis amigos. Con ello comenzó una amistad
que ya dura casi 45 años y que hace que yo esté hoy sentado aquí.
No es que vaya a contaros la mili,
pero es conveniente encuadrar esta amistad en sus justas coordenadas
espacio-temporales. Años setenta, o sea: el tardofranquismo y la aparición de
unas verdaderas ansias de libertad y de acabar con la dictadura; años de un
nuevo asociacionismo político que se debatía entre la reforma o la ruptura;
años de la música pop, probablemente de la mejor música pop de todos los
tiempos, lo que nos permitió compartir impresiones sobre nuestras estrellas del
momento: la Joplin, The Doors, Carole King, la chanson francesa, los mil italianos de san Remo, Serrat, nuestro
Miguel Ríos...; años posteriores al mayo del 68, la primavera de Praga, la
guerra de Vietnam, el pacifismo hippy..., años en definitiva, de adquirir un
compromiso por las libertades, situación que Miguel y yo compartíamos
secreteando en el cuartel y en los bares en que pasábamos aquellas tediosas
tardes del invierno cordobés; años de un cine europeo que devorábamos en salas
como el Trajano. Años llenos de magia que hoy se me aparecen, con la pátina del
tiempo, como un futuro intacto y prometedor, lleno de ilusiones y ganas de
comerse el mundo.
Descubrimos juntos mucha música en las
máquinas de los bares de la judería; leímos libros de Neruda, a quien acababan
de concederle el Nobel; compartimos el nuevo humor inteligente que
representaron Hermano Lobo y, algo más tarde, Por Favor. También conformamos en
las sesiones de cine nuestro Olimpo cinematográfico: comprendimos que Rommy
Schneider era una mujer, ese ente metafísico que nos tenía absorbido el seso
(con s, por favor, no seáis morbosos), muy distinto a aquella candorosa Sissi
Emperatriz de la década anterior, tan parecida a nuestras hermanas, novietas
fallidas o primas. Fijamos nuestro
código estético-erótico, en el que ocuparon lugares destacados una serie de
cuerpos y rostros que, como al niño de Cinema Paradiso, nos turbaban (o incluso
más). ¡Qué peligro tenía el lunar junto a la boca de Virna Lisi! ¡Qué pedazo de
mujer era Sarah Miles! ¡O Catherine Deneuve! ¡Qué decir de la rotundidad de
Jeanne Moreau, Annie Girardot, Jane Fonda, Isabelle Adjani, Anne Margret, la
gélida Liv Ulmann, Anouk Aimée... que tomaban el relevo a nuestras Claudia
Cardinale o Sofia Loren, quienes ya empezaban a eclipsarse! ¿Y Ursula Andress,
dándole forma corpórea a la Venus que salía de las aguas junto a Sean Connery
007? Nada que ver con nuestras Sara Montiel, Carmen Sevilla o Marujita Díaz,
eso estaba claro. Mucho menos con las “niñas” de nuestras pandillas, que eran
unas santas. El mundo era una promesa, estaba intacto, como el primer día de la
creación, y era para nosotros, para la gente como Miguel o como yo. O eso
creíamos percibir en nuestra ingenuidad.
La
mili nos robaba un tiempo irrecuperable y de forma instintiva intentamos
recobrar algo en esa búsqueda o
encuentro fortuito de nuevas realidades: empezaron a sonarnos nombres de
directores de cine, de compositores de música clásica, de poetas y novelistas
de esos que jamás mencionaban las historias de la literatura oficiales, de
revistas de pensamiento... Fue Miguel quien descubrió en la Biblioteca de
Oficiales un ejemplar de Últimas tardes
con Teresa. Nos lo fuimos leyendo los que, además de alfabetizar a los
soldados, ordenábamos aquella inmensa sala llena de nombres y títulos dedicados
a tergiversar la realidad y la historia españolas, como convenía a la
concepción militar de entonces. Fotografía: Mari Carmen Mesa
Miguel
Cobo fue, durante unos meses, el buen amigo, tan semejante a mí, con el que
descubrir buena parte de los elementos de mi educación ética y estética.
También la magia de una ciudad tan hermosa como Córdoba. Su carácter afable, su
sensibilidad y su inteligencia eran un eficaz antídoto contra la garrulería
imperante, una vacuna contra la estolidez de aquel entorno.
Sólo
muy tardíamente me descubrió su poesía. Usaba, lo recuerdo, cuartillas de un
papel magnífico, rugoso, muy adecuado para escribir con pluma estilográfica. Él
lo hacía con una letra envidiable para mi torpeza manual, con una pulcritud
admirable. Pero sobre todo, me impresionaba la calidad de su poesía, su
capacidad versificadora y la profundidad de sus poemas. Lo consideraba poseedor
de mil claves de una sensibilidad poética que yo ni siquiera intentaba imitar,
sabedor de mi incapacidad.
Cuando
me licencié, nos escribimos durante un tiempo y en cada carta suya venían
varios poemas en los que se hablaba de jazz, de trenes y ríos, de ciudades que
parecían desiertas, de búsquedas, del deseo... Imágenes verdaderamente
creativas, una infancia vagamente
reflejada, como un paraíso perdido que palpita en cada poema, un humor solapado
y zumbón siempre presente, una poesía que conecta con el lector por su
cotidianeidad. Una poesía aún prácticamente inédita, lo que demuestra
simplemente lo poco que este país cuida a sus creadores de calidad.
Después
vinieron varios paréntesis en que nos perdimos la pista para retomarla con
nuevas cartas en que siempre me regalaba varios sonetos, hasta que hace cinco o
seis años, internet me permitió reencontrarlo y conocer su poesía riográfica.
Inmediatamente, fue comentarista habitual de mi blog y poco después surgió el
suyo, por donde ha ido esparciendo sus enormes poemas, sus Ficcionarios,
aforismos, postales y su inmenso Diario del funambulista.
Hoy
me permito dos licencias, muy extrañas a mi manera de ser: la primera,
dedicarle un poema de bienvenida. De antemano sé que el resultado es torpe,
pero por un querido amigo estoy dispuesto a correr el riesgo de esa legendaria
“cólera del español sentado”. Dice así:
BIENVENIDA
A MIGUEL
Cada
poema sostiene un universo
de
deseo, de pálpito, de luz.
Un
ser doliente que agacha su testuz
y
con la humilde entrega del converso
busca
la vida entera en cada verso.
No
oculta, como hace el avestruz,
su
existencial verdad este andaluz,
el
dolor de este vivir perverso,
pero
sacando fuerzas de flaqueza
exulta
ese prodigio de estar vivo.
Hoy
te acoge este ámbito de Egea
que
te espera y te admira con largueza,
que
te recibe, entregado, como a un divo.
Que
escribas muchos versos. Yo los lea.
La
segunda licencia es arrogarme una representatividad que sé que no poseo para
darle la bienvenida a esta ciudad de
poetas y poesía, para acogerlo en nombre vuestro y de Granada.
Amigas,
amigos, con vosotros, este buen hombre (en el buen sentido de la palabra
hombre) y magnífico poeta (en el mejor sentido de la palabra poeta): Miguel
Cobo Rosa.
Cae el día. La luz cede ante el pecho de la sombra. Es tiempo de que vaya al río para llenar mi cántaro.
El rumor del agua me llama por el aire como una fresca voz aleteante. Iré al río por el crepúsculo melancólico. El viento se levanta, único pasajero por el camino solitario. Un largo estremecimiento se desliza sobre el agua.
Voy hacia el río y no sé si llegaré. Tampoco sé si volveré. Me invade una vaga ansiedad... Quizá tenga de pronto un encuentro imprevisto... A lo lejos, en su barca, un hombre desconocido toca su laúd.
Han transcurrido casi ocho meses desde que el 8 de febrero
pasado nos visitara, en esta sede del Ateneo cordobés, nuestro amigo el
escritor, poeta, profesor y cantautor granadino Antonio Fernández Ferrer, para
presentarnos entonces, de la mano de nuestro Presidente Antonio Varo, su excelente poemario “Memoria del Tiempo”. Y
es esa memoria, con el eco de sus versos y su voz aún resonando en estas
paredes, la que nos permite hoy recordar
aquellas horas gratas e intensas en
torno a su obra y a la persona cercana y entrañable que es Antonio.
Fecha que, además, dató el hermanamiento en la pasión por la cultura en todas
sus facetas de los Ateneos de Córdoba y de Motril, en el más puro espíritu
ateneísta. Pues bien, “ha llegado el momento de reencontrarnos” como decía el
último verso de su poema “Reencuentros”. Un verso premonitorio que es hoy una feliz realidad y sale al encuentro de
una sempiterna utopía: la que supone siempre un nuevo libro. Porque si de
utopías hablamos, qué mejor manera de hacerlo sino embarcándonos en esta nueva
nave-libro, cuyo timonel-escritor nos
acerca “Desde el puerto de la utopía” hasta nuestra orilla, como quien
va de su corazón a sus asuntos. Tal vez
pensara su autor, al decidirse por este sugerente título, en Utopo, uno
de sus primeros gobernantes que dio
nombre a aquella isla imaginaria; o en el propio Tomás Moro, el creador utopista
por antonomasia. Antonio Fernández Ferrer abordó así este periplo literario,
cuya singladura se inicia en otra isla
virtual, cartografiada en el proceloso
océano de la blogosfera: Su blog “Entre los sauces”. Un blog magnífico, aún
joven –nació en mayo de 2013-, pero sembrado de artículos y posts, con una
variadísima temática, que acumulaba al cabo de un año de su creación 175
entradas y que, a día de hoy, si no nos lo desmiente su autor, andará rondando las doscientas. Toda una aventura
creativa que en un determinado momento Antonio pensó en plasmar en páginas tangibles de papel y convertirlas felizmente en el libro que nos
ocupa,primorosamente editado por la
excelente Editorial Nazarí.Se trata de
una selección antológica de 50 de dichas entradas, elegidas a conciencia y muy cuidadosamente
por su creador.
Tenemos en las manos, como podréis
comprobar, un libro muy original y diferente; de contenido variadísimo y muy
estimulante para el lector. Una miscelánea intergéneros a través de cuyas
páginas se nos ofrecen los contenidos más heterogéneos, ordenados
cronológicamente según la fecha de aparición en el blog, desde el 17 de mayo de
2013 al 21 de julio de 2014. Podemos optar , si nos apetece, por leerlo
aleatoriamente, abriéndolo por cualquier artículo, sin que ello altere su
unidad ni su sentido; antes al contrario, abre sus múltiples ventanas a nuestra
curiosidad lectora, permitiéndonos una puntual elección o cualquier
oportuna relectura, con esa inmediatez
que nos ofrecen los libros transversales y amenos, siempre accesibles en todo momento y lugar. Parafraseando aquel
título de Jardiel Poncela, “para leer mientras sube el ascensor”, si se nos
permite una imagen tan gráfica; aunque,
claro, algo exagerada, como es de esperar cuando el humor anda por medio.
En cuanto a su temática, nada humano
le es ajeno a nuestro autor que, con su ágil pluma y su personalísimo estilo,
nada ampuloso, claro y directo y, cuando el tema lo requiere, muy periodístico
y didáctico, se mueve con soltura entre géneros, desde el artículo de rabiosa
actualidad, hasta el poema más intimista, pasando por la crónica de
acontecimientos del pasado relacionados con las ricas experiencias y vivencias
del autor en todos los aspectos de su polifacética trayectoria, incluidos,
obviamente, los autobiográficos; siempre, eso sí, con rigor y sin concesiones a
una nostalgia mórbida e improductiva que nos conduciría indefectiblemente a la
melancolía. Escribe Fernando González Lucini de Antonio al respecto:
“A Antonio (…) la vida, y todo cuando acontece a su alrededor
–si es bello, y especialmente si es injusto y doloroso– no le deja indiferente,
le remueve toda sus sensibilidad y sus sentimientos, y le provoca el
levantamiento de una aireada expresión descriptiva, rebelde y crítica –sea cantada,
escrita o vociferada– siempre con vocación liberadora”.
Porque Antonio más que utópico, se nos muestra
utopiano; es decir, no es él un soñador de mundos imposibles, sino un habitante
lúcido de un mundo que no es el mejor, pero sabedor de que con el compromiso, con la solidaridad,
con la ilusión, con el esfuerzo colectivo, con la creatividad, con la
inteligencia, con el inconformismo, con la rebeldía, con la amistad, ¡con las
canciones!, se puede mejorar. Su crítica es acerada y mordaz contra los
políticos, gobernantes y otros personajillos incompetentes, cavernícolas o
corruptos; valiente en la denuncia, poniendo el dedo en la llaga de los
problemas que a todos nos preocupan y afectan, tanto en el ámbito nacional como
en la esfera internacional, desde una perspectiva humanista y progresista y de un espíritu libre, rebelándose contra las injusticias y los
abusos, sin desdeñar recursos tan eficaces para combatirlos como la ironía y un
finísimo sentido del humor. Sus conocimientos musicales quedan también reflejados en el libro, con una extensa y bien documentada banda sonora (que, en muchas ocasiones, coincidirá con la del lector), que abarca desde sus comienzos como cantautor y su decisiva participación, como uno de sus creadores, en el proyecto “Poesía 70 : Manifiesto canción del sur”, hasta el más reciente –ambicioso y espléndido- del antes citado Fernando González Lucini (al que Antonio llama el Empecinado), “Centro de Documentación y Difusión de la Canción de Autor”. Sin olvidar las semblanzas de los grandes músicos anglosajones de las décadas de los 60 y los 70, demostrándonos su gran erudición y conocimiento del tema. Ringo Starr, Jim Croce, Bob Dylan, Pete Seeger, Lou Reed…resuenan en nuestros oídos entre las páginas de esta evocadora utopía. Destacaré la excelente traducción que Antonio nos ofrece de “El tiempo en una botella” obra maestra del malogrado Jim Croce, una de las más bellas canciones que haya escuchado jamás y que he descubiertotardíamente, gracias a este libro.
Resaltaría así mismo el profundo
sentido de la amistad que late en estas páginas, reflejado en varios
emocionantísimos artículos, ya de celebración y remembranza, ya de tono inevitablemente
elegíaco. Un hermoso tributo, reitero, a la amistad, de honda dimensión humana.
Para terminar, vamos a encontrar en
estas páginas, como remansos de paz y reflexión, bellísimos poemas y
micropoemas que nos permitirán escapar, aun cuando sea fugazmente, de esta
vorágine de acontecimientos que sacuden nuestro país y el mundo en que vivimos
y que nos sumen en el desconcierto y en la perplejidad, pues como dice Antonio:
Por fin he roto con mi pasado
y
al presente que me contempla
no acabo de verle el futuro.
Seguro que partiendo “Desde el puerto
de la utopía” atisbaremos un rayo de esperanza en nuestro regreso a Ítaca.
Podemos.