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lunes, 17 de diciembre de 2018

El Río de tu Sueño

Canción

El Río de tu Sueño cantará el abecedario del agua.
Tendrá árboles, como llamas verdes
chisporroteando alondras;
y altos bambúes cazarán el girasol de las lunas
en el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.

El alba será un loto que perfuma
la muerte de tus noches;
de picotear estrellas estarán ebrios tus pájaro-moscas.
Habrá remansos y un polen que hace dormir al viento
en el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.

Con mi remo al hombro he visto zarpar cien días.
Mis hermanos pelarán la fruta del mundo, la más roja...
Con mi remo inútil, a lo largo de las noches,
busco el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.

***

Leopoldo Marechal 


De "Días como flechas" 1926


Imagen: 
Paul Klee 'Exotic River Landscape' 1922

sábado, 27 de febrero de 2016

Cuando miras despacio



Si te quedas mirando largamente
cualquier cosa del mundo
—un gorrión, una mujer, un árbol,
un río, un desengaño, tal poema
por el que pasa un río
y una mujer desengañada y sola
y en el que se alza un árbol al que acuden
los gorriones mientras cae la tarde—,
si miras cualquier cosa un largo rato
y dejas que entre en ti,
que te vacíe de tu oscuridad
y que en tu ser halle cobijo y sea,
verás y sentirás que cuando miras
tú eres mundo también,
que en ti la vida se entrecruza y canta,
y que todo es sagrado.

(De Antes del nombre, Tusquets Editores, 2013)





***
Eloy Sánchez Rosillo

jueves, 11 de junio de 2015

Ofelia y las ninfas

                 
                              Imagen : Hilas y las ninfas. John Willian Waterhouse
 


En la ribera del río las arenas oscurecen, pidiendo
el barro del otoño; y detrás de las ramas, las
ninfas duermen, ebrias de sueño. No quieren
ser despertadas; desnudas, se apoyan las unas
a las otras, como si durmiendo perdieran
el deseo que las hace relinchar, como potras,
hundiendo los pies en los ojos que las descubren.

Pero el río no corre; y en el agua firme, una
transparencia de frío deja ver el cuerpo de
náyade de una inquieta Ofelia. En su rostro
donde la vida se muere, sólo los labios son bermejo
sangre, y todavía las empujo por tierra, con redes
de pescador, para tenderlas sobre las piedras
que rasgan su piel, en un último estertor.

El sol despierta a las ninfas; y todas acuden
alrededor de la fallecida, gritándole que se levante;
en sus ojos amoratados, en cambio, sólo se cierra
una puerta. ¿Quién se quedó detrás de ella?,
pregunta sin respuesta. Pero vuelvo
a casa, abro la ventana; y es Ofelia que me
acoge, despierta, renacida y pura camelia.

***

Nuno Júdice



domingo, 1 de marzo de 2015

Agua clara




                                                       Foto: Shaun                                      

    La vida es el río que va a dar al mar, por supuesto, y también está claro que nunca nos bañaremos dos veces en la misma corriente, según dijo Heráclito, pero uno puede sentarse en la ribera entre las flores de esta incipiente primavera y contemplar cómo fluye el agua, que no es sino la propia memoria limpia o turbia. Existe el placer de remontar el cauce hasta llegar al manantial donde uno se bañaba de niño, aquellas risas, aquellos gritos, y recordar también los felices y turbulentos días de la adolescencia cuando era todavía agua plateada de alta montaña, tan fría e incontaminada la que llegaba a la cascada.

    Bajo la espesura de los sauces había plácidos remansos, que a veces un rayo de sol hería hasta el fondo de la madre y allí de joven la vanidad del cuerpo se fundía con el verde del agua desnuda. Pero hubo en momento en que la vida dejó de deslizarse suavemente sin peligro río abajo y en las riberas aparecieron los primeros cocodrilos. Recuerdas muy bien cuándo fue y quiénes eran esos enemigos. Después aún tuviste que atravesar un banco de pirañas antes de llegar a este prado de primavera donde ahora estás sentado contemplando cómo pasa el agua.

    El río tiene una doble corriente, una superficial y otra profunda, como sucede también en la vida. Este suave airecillo de marzo va a producir muy pronto un violento deshielo, y con la crecida por la superficie verás pasar junto con animales muertos, árboles arrancados de cuajo y enseres inútiles, todo lo que en ti fue vano y estúpido. En cambio, por el fondo del cauce a ciegas con el légamo fluirán hacia la muerte, hacia el mar, el esfuerzo que hiciste para no ceder al fracaso, los amores y sueños que hayas tenido, toda la belleza que pudiste obtener como un regalo en tu paso por la tierra. Pero nunca habrá que morir mientras en esta orilla sea primavera.

                                                              ***


Manuel Vicent

domingo, 14 de diciembre de 2014

El río



  
Cae el día. La luz cede ante el pecho de la sombra. Es tiempo de que vaya
al río para llenar mi cántaro.

   El rumor del agua me llama por el aire como una fresca voz aleteante.
Iré al río por el crepúsculo melancólico. El viento se levanta, único pasajero
por el camino solitario. Un largo estremecimiento se desliza sobre el agua.

   Voy hacia el río y no sé si llegaré. Tampoco sé si volveré. Me invade una vaga
ansiedad... Quizá tenga de pronto un encuentro imprevisto...  A lo lejos,
en su barca, un hombre desconocido toca su laúd.


Rabrindanath Tagore

                                                           ***

domingo, 22 de diciembre de 2013

Villancico remoto



                                                      Foto: El templo del musgo - Kioto



Hubo un tiempo en que el musgo estuvo entre mis manos.
Acercaos…

Parecía murmurar en las rocas.
El verde intenso es siempre guardián de la alegría.
Dicen que el musgo duele y acaso eso sea cierto
pero en la infancia el frío todavía no existe.

Yo tuve un cielo claro de abuelos y de estrellas,
una casa en solsticio y un jardín en el alma.
Con musgo construimos la noche más extensa
mientras el río y la nieve celebraban sus bodas.

Cómo no iba a dejarme hechizar por el fuego,
irrepetido siempre aunque en el mismo sitio.
Los ancianos del pueblo rememoraban cantos
tan hondos que sanaban a fuerza de ser tristes.

Ya no queda la escarcha ni el musgo ni el solsticio.
La claridad precisa del río es un relámpago.
Cuántas veces la vida cambia hogar por sendero,
como niño por hombre y sonido por ruido.
Ahora comprendo el tacto implacable del frío,
reconozco el peor: el que hiela por dentro.

Bajo las noches largas del filo de diciembre
sigo buscando el musgo que me devuelve a casa.




Raquel Lanseros

Poema incluido en "Las espinas pequeñas son pequeñas"

                          ***


viernes, 7 de junio de 2013

Cortaste una rosa



Cortaste una rosa mientras yo dormía
y la pusiste en el vaso de mi mesilla
encima de una carta de despedida.
Tiré la rosa en una barca de remos
y dejé que se la llevase la corriente
allí desapareció bajo los sauces llorones
en un lugar donde el río formaba un meandro.
La barca se llevó la rosa.
La corriente se llevó la barca.
El río se llevó el puente
donde las mujeres se paseaban por la tarde
cuando el sol teñía de rojo al río.
A ti se te llevó el puente.
La barca era de un verde sucio
vieja, estaba llena de agua, medio podrida
y se llamaba Amalie II.

Y así pasan las cosas, yo ahora vivo
solo, en una habitación rosa, en un paisaje azul
y añoro con la misma fuerza
eso que hay detrás de las montañas brumosas
y eso que se esconde de sí mismo
dentro de mí
entre las palabras de tu carta.

Existir es saber.
Viajar es sufrir.
Lo primero no lo quiero.
Lo segundo es superior a mis fuerzas.






Henrik Nordbrandt



 
De "Nuestro amor es como Bizancio" ("Bajo el mausoleo" 1987)
Versión de Francisco Uriz
Editorial Lumen S.A. 2003


***

sábado, 26 de enero de 2013

Poema del río

File:Morning view over the Mekong river.jpg


Únicamente el río conoce tu secreto,
ese secreto tuyo que es el secreto mío.
El río es un hombre de corazón inquieto
pero el amor se aleja como el agua del río.

Únicamente el río nos vio por la vereda,
y el rumor de sus aguas era como un reproche.
Tu piel era más blanca bajo la magra seda,
como el deslumbramiento de la nieve en la noche.

No importa que huya el agua como un amor de un día;
mi amor, igual que el río, se quedará aunque huya.
Únicamente el río supo que fuiste mía,
para que mí alma fuera profundamente tuya.

El río es como un viaje para el sueño del hombre,
el hombre, es como el río, un gran dolor en viaje.
Únicamente el río te oyó decir mi nombre
cuando las hojas secas decoraron tu traje.

Sí. El río es como un hombre de corazón inquieto
que va encendiendo hogueras y se muere de frío.
Únicamente el río conoce tu secreto.
Únicamente el río.

José Ángel Buesa

Fot.
Morning view over the Mekong river
Autor: Vera & Jean-Cristophe


                       ***

lunes, 25 de junio de 2012

Hechizado por las aguas




“Ahora, casi todos a los que amé en mi juventud están muertos, incluso Jesse. Pero sigo buscándoles. Ya soy demasiado viejo para ser buen pescador y suelo meterme en el río solo, aunque algunos amigos opinen que no debería hacerlo.

Cuando me encuentro sólo en el crepúsculo de la montaña toda mi existencia parece fundirse con mi alma y mis recuerdos, con los sonidos del río y con un ritmo de cuatro compases y la esperanza de que surja un pez.

Finalmente todo se funde en una sola cosa y un río la cruza. El río que fue excavado por el gran diluvio universal y corre sobre las piedras desde el sótano de los tiempos.En algunas de las piedras hay gotas de lluvia y témpanos, bajo las piedras están las palabras y algunas de las palabras son las de ellos.

¡Estoy hechizado por las aguas!”



                                                                           ***

viernes, 22 de junio de 2012

La noche del cazador (el descenso del río)





"El descenso del río se tiñe de un carácter onírico, fantástico, propio de los cuentos de hadas, propiciando la irrupción de lo maravilloso a través de la presencia de toda una fauna literaria, un bestiario fabuloso que se convierte en testigo del viaje y la escapada: la telaraña, el zorro, los conejos, la tortuga, la lechuza… En paralelo con estos observadores de una naturaleza idílica, Harry emprende la persecución por la ribera del río a modo de una especie de Lady Godiva maligna, a lomos de un impoluto caballo blanco frente al que su atuendo negro y siniestro todavía contrasta más. Toda la mitología asociada al río se hace  evidente. Por un lado, al modo de Moisés y tantos otros personajes literarios (Amadís, Tristán…), será el espacio por el que se canalice la huida. El descenso del río como itinerario de salvación. En este punto, hay una clara deuda con la tradición norteamericana inaugurada por Mark Twain en las novelas de Tom Sawyer y Huckleberry Finn."

(Extracto de Juan Ramón Gabriel: http://www.encadenados.org/nou/n-66-benditos-fracasos/la-noche-del-cazador-1955-de-charles-laughton )






                                                                                    ***

viernes, 8 de junio de 2012

Son los ríos


                                         Foto: Río Paraná (Santa Fe -Argentina) de Ricardo de Luca



Somos el tiempo. Somos la famosa
parábola de Heráclito el Oscuro.
Somos el agua, no el diamante duro,
la que se pierde, no la que reposa.

Somos el río y somos aquel griego
que se mira en el río. Su reflejo
cambia en el agua del cambiante espejo,
en el cristal que cambia como el fuego.

Somos el vano río prefijado,
rumbo a su mar. La sombra lo ha cercado.
Todo nos dijo adiós, todo se aleja.

La memoria no acuña su moneda.
Y sin embargo hay algo que se queda,
y sin embargo hay algo que se queja.


Jorge Luis Borges

                                    ***

lunes, 21 de mayo de 2012

Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz...




       Foto: Río Órbigo (Blog: Reino de León)

Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.
No pasará otra onda rumorosa del río,
no quedará este chopo envuelto en fuego verde,
no cantará otra vez el pájaro en su rama,
sin que deje en el aire todo el amor que siento.
Aquí, en estas riberas que llevan hasta el llano
la nieve de las cumbres, planto sueños hermosos.
Aquí también las piedras relucen: piedras mínimas,
miniadas piedras verdes que corroe el arroyo.
Hojas o llamas, fuegos diminutos, resol,
crisol del soto oscuro cuando amanece lento.
Qué fresca placidez, que lenta luz suave
pasa entonces al ojo, que dulzura decanta
el oro de la tarde en el cuerpo cansado.
Hojas o llamas verdes por donde va la brisa,
diminuto carmín, flor roja por el césped.
Y, entre tanta hermosura, rebosa el río, corre,
relumbra entre los troncos, abre su cuerpo al sol,
sus brazos cristalinos, sus gargantas sonoras.
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, miro arder todas las tardes
las copas de los álamos, el perfil de los montes,
cada piedra minúscula, enjoyada del río,
del dios río que llena de frutos nuestros pechos.
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.



Antonio Colinas

               ****

miércoles, 28 de marzo de 2012

Romances del Río de Enero

Alfonso Reyes, «Romances del Río de Enero»


Río de Enero, Río de Enero:

fuiste río y eres mar:

lo que recibes con ímpetu

lo devuelves devagar.



Madura en tu seno al día

con calmas de eternidad:

cada hora que descuelgas

se vuelve una hora y más.



Filtran las nubes tus montes,

esponjas de claridad,

y hasta el plumón enrareces

que arrastra la tempestad.



¿Qué enojo se te resiste

si a cada sabor de sal

tiene azúcares el aire

y la luz tiene piedad?



La tierra en el agua juega

y el campo con la ciudad,

y entra la noche en la tarde

abierta de par en par.



Junto al rumor de la casa

anda el canto del sabiá,

y la mujer y la fruta

dan su emanación igual.



El que una vez te conoce

tiene de ti soledad,

y el que en ti descansa tiene

olvido de lo demás.



Busque el desorden del alma

tu clara ley de cristal,

sopor llueva el cabeceo

de tu palmera real.



Que yo como los viajeros

llevo en el saco mi hogar,

y soy capitán de barco

sin carta de marear.



Y no quiero, Río de Enero,

más providencia en mi mal

que el rodar sobre tus playas

al tiempo de naufragar.



—La mano acudió a la frente

queriéndola sosegar—.

No era la mano, era el viento.

No era el viento, era tu paz.









Río del Olvido. Romances del Río de Enero (1932)
Alfonso Reyes

domingo, 5 de febrero de 2012

A orillas del East River




I

En esta encrucijada,

flagelada por vientos de dos ríos

que despeinan la calle y la avenida,

pisoteada su negrura por gaviotas de luz,

descienden las palabras a mi mano,

picotean los granos de rocío,

buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.



Siempre aspiré a que mis palabras,

las que llevo al papel,

continuasen llorando

-de pena, de felicidad, de desesperanza,

al fin, todo es lo mismo-,

porque yo las había llorado antes;

antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,

en el papel deshabitado, que es el morir.

Dejarían en él los ecos asordados, empañados,

de lo que tuvo vida.

Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,

lloraría por seres que jamás conoció,

que acaso no es posible que existieran

aunque estuvieron vivos

en el recuerdo o en la imaginación.

Lloraríamos todos por los desconocidos,

los -para mí -difuminados

en la magia del tiempo.



Contra las estructuras

de metal y de vidrio nocturno

rebotan las palabras aún sin forma,

consagradas en el torbellino helado,

y no me hacen llorar.

Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!



II

Yo ya no lloro,

excepto por aquello que algún día

me hizo llorar:

los aviones que proclamaban

que todo había terminado;

la estación amarilla diluida en la noche

en la que coincidían, tan sólo unos instantes,

el tren que partía hacia el norte

y el que partía hacia el oeste

y jamás volverían a encontrarse;

y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;

y la malagueña canaria;

y la niña mendiga de Lisboa

que me pidió un «besiño».



Yo ya no lloro.

Ni siquiera cuando recuerdo

lo que aún me queda por llorar.





José Hierro. De "Cuaderno de Nueva York" 1998

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Ser río



        Recoge su furia en las altas montañas, se llena de ira en las tormentas, en las nieves que nunca ve, que no son él, lo engendran viento y aguas, nace en barrancos y no tiene memoria de su nacimiento. La paz de un estuario, de un majestuoso transcurrir hacia la profundidad estática.

        No balbucir más, no gritar, cantar por un momento antes de entrar en la inmensidad, en el eterno canto, en el ritmo acompasado y eterno. Ir perdiendo por las orillas el furor del origen, calmarse junto a los álamos callados, al lamer la tierra firme, y dejarla, apenas habiéndola tocado, para lograr el canto último, el susurro imponente del último momento, cuando el sol sea un igual, el enemigo apaciguado del agua inmensa que se rige a sí misma.

        Desconfiado, ceñudo consigo mismo, enemigo de todo, se entrega al fin, en paz y pequeño, reducido a su propia dimensión, a la muerte. Apenas aprendió a morir matando, sin razón, para alcanzar conciencia de sí mismo, en instantes apenas anteriores al desprenderse de su origen, de la historia que no recuerda, apaciblemente poderoso antes de entregarse, tranquilo y enorme, ensanchado, imponente ante el mar que no lo espera, que indiferente murmura y lo engulle sin piedad.

        Aguas, simples aguas, turbias y limpias, resacas rencorosas y remansos traslúcidos, sol y viento, piedras mansas en el fondo, semejantes a rebaños, destrucción, crímenes, pozos quietos, riberas fértiles, flores, pájaros y tormentas, fuerza, furia y contemplación.

        No salgas de tu ciudad. No vengas al país de los ríos. Nunca vuelvas a pensar en nosotros, ni en la locura. Y jamás se te ocurra dirigirnos un poco de amor.

Inés Arredondo


Río Subterráneo (fragmento)

                                                     ***

jueves, 6 de octubre de 2011

Facebook




Veo en un pequeño recuadro

que ahora eres amiga de

Brian y Marcella

y que a las nueve de este otoño

irás a beber melancolía

de once grados con Luis.



Descubro que te gusta

pisar los charcos

cuando llueve

y que detestas los inviernos

en abril.



Aunque ya no hablo contigo,

conozco tu ciudad actual

y recuerdo cuál fue tu origen,

que cumples años en diciembre

y te gusta prender fuego

al calendario si te arrastra

la nostalgia en primavera.



Últimamente has viajado a Lisboa,

intuyo que te mecen los tranvías

y te seducen los viejos cafés

color sepia.

Lo sé por tu fotografía

en aquella calle de Bruselas,

donde Magritte fumaba en pipa dorada.



Sueles cambiar de cara a menudo,

me divierten tus gafas de sol

en noviembre

y disfruto con tu colección de sonrisas

o el último vestido azul

que guardas en tu perfil.



Vuelves a estar soltera,

aunque te acompañan ciento veinte

comentarios por debajo

dándote ánimos

y diciendo que él era un idiota.



Aún tiritas cuando alguien te habla

del pasado.

Por eso has borrado mi felicitación

de cumpleaños

y has dejado en blanco y negro

las fotos de aquel día de sol en París.



Sigues admirando a los Beatles,

una colección de enlaces recuerdan

las melodías de Norwegian Wood,

y de los campos repletos de fresas

alrededor del universo.



Pero, ¿en qué estoy pensando?,

me digo mientras actualizo

mi estado,

pero, ¿qué estado?

Sólido, líquido, gaseoso...

mi preferida de Dylan,

las imágenes de mi último viaje

-ya sin ti-

o una cita sin espacio ni tiempo,

convertida en verso aislado.



Vuelvo a caer en tu red,

y ni tú sabes pescar

ni sé yo ser pez.
 
 
 
 
Alfonso C. Cobo Espejo
 

miércoles, 24 de agosto de 2011

Arte poética






Mirar el río hecho de tiempo y agua

y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río

y que los rostros pasan como el agua.



Sentir que la vigilia es otro sueño

que sueña no soñar y que la muerte

que teme nuestra carne es esa muerte

de cada noche , que se llama sueño.



Ver en el día o en el año un símbolo

de los días del hombre y de sus años,

convertir el ultraje de los años

en una música, un rumor, y un símbolo,



ver en la muerte el sueño, en el ocaso

un triste oro, tal es la poesía

que es inmortal y pobre. La poesía

vuelve como la aurora y el ocaso.



A veces en las tardes una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo

que nos revela nuestra propia cara.



También es como el río interminable

que pasa y queda y es cristal de un mismo

Heráclito inconstante, que es el mismo

y es otro, como el río interminable.



Jorge Luis Borges (112º aniversario de su nacimiento)

                   ***

jueves, 5 de mayo de 2011

Canción del río Hudson



El río es la ciudad.

Digiere la inmundicia

lenta de los desagües y devora los humos

que se restriegan por su lomo en las madrugadas

de mercurio.

Barcazas con bidones

apilados y oscuros desbaratan

el trazo de las luces sobre el cauce.

Barcazas con enormes cubos

de desperdicios surcan las imágenes

de los enormes cubos del desorden.

Barcazas con las luces encendidas

y turistas borrachos, paquebotes

que dejan un sabor a gasoil en el aire,

lanchas y urcas con focos que disparan

su brillo a la madera calcinada

del agua.

Todo lo digiere, prieto

como la noche; todo lo dibuja

en su pizarra.

Y si algo estorba

o deshace el idilio que desde la avenida

miran ensimismados los amantes,

se besan, y ya nadie mira el río.

El río es la ciudad.

***


José Ángel Cilleruelo
                                              

A mi amigo Emilio Calvo de Mora, siempre atento a la red hidrográfica.

domingo, 20 de marzo de 2011

Limo




El agua, curso alto, cercano al nacimiento

se sabe montañoso en su erosión;

el limo es lo que queda.

El agua, curso medio, pendientes más suaves,

groseros abandonos, audaz canto rodado,

arenas que se agrandan y te engrosan;

el limo es el sustrato,

el limo es permanencia.

El limo se transporta por el agua, agota al sedimento,

aguarda desde el fondo;

el fondo de los ríos pantanosos,

el fondo de los lagos,

el agua que se duerme más tranquila.




Joaquín Pérez Azaústre



Foto de  Ansel  Adams- Galería en Flickr de Scott Nesheim


                                     ***

miércoles, 23 de febrero de 2011

Cuando el cielo es el suelo



Cuando vuelas de noche
el mundo está al revés
y el suelo
es el cielo.
Las luces de la ciudad
se convierten en estrellas,
toda una nube de constelaciones
a nuestros pies,
a miles de pies de altura
luces con vida propia.
Los coches en tierra
o los barcos en el mar
son un infinito baile
de estrellas fugaces.

Aprovecha,
pide un deseo
antes de que amanezca.



Alfonso Carlos Cobo Espejo